El observador que transpira lee atentamente el artículo 150 del capítulo 1 del título 5 de la ley 20.477 en donde dice:
El trabajador gozará de un período mínimo y continuado de descanso anual remunerado por los siguientes plazos:
a) De catorce (14) días corridos cuando la antigüedad en el empleo no exceda de cinco (5) años.
y considera que no existe en el mundo moderno nada que se asemeje más a la esclavitud que pasar todo un año de vida metido adentro de un local de venta de, por ejemplo, zapatos, y solo poder descansar de ese tedio durante catorce (14) días corridos durante los primeros 5 años de tu vida, para pasar a descansar veintiún (21) luego de los 5 años de antigüedad, lo cual representa una falacia, ya que prácticamente nadie soporta una antigüedad de 5 años como empleado de una zapatería.
Agradece el hecho de ser empleado público, teniendo en cuenta que el Estado es más humano en lo relativo a condiciones de trabajo. A veces se da cuenta de que uno se queja por deporte, ya que se encuentra, dentro de todo, en un lugar codiciado por más de un zapatero.
jueves, 31 de marzo de 2011
jueves, 10 de marzo de 2011
Arte electoral
Una persona pinta las líneas peatonales en las esquinas que rodean la plaza principal de la ciudad.
Esa persona no sabe que lo que está haciendo es una intervención política determinante en el municipio. No sabe que el hecho de pintar esas líneas representa un punto sólido en la gestión oficial de cara a los próximos comicios. Pero sospecha.
Es de vital importancia para tener oportunidades de reelección que esas líneas estén recién pintadas al momento en que los ciudadanos emitan el sufragio.
En la casa y el trabajo a esa persona le dicen el Negro.
El Negro (esa persona) solo piensa en lo innecesario de la operación. Las líneas se ven perfectamente. Mejor sería pintar líneas en esquinas de calles que nunca las tuvieron, en vez de re pintar las que ya forman parte del color natural del asfalto a fuerza de ser pintadas cada dos años con motivo de elecciones municipales, provinciales y nacionales.
El Negro piensa que en su barrio no hay líneas pintadas. Pintar en ese lugar sería cuestión de una tarde.
Sin embargo otra vez le toca al centro. Encima los obligan a ponerse esas pecheras naranjas que no utilizan nunca, pero que cuando se trabaja en el centro repentinamente son obligatorias. Con los conos naranjas como las pecheras se delimita un perímetro por donde no pasan autos ni gente, y se procede a repasar una vez más esas líneas, provocando una demora importante en la circulación de la calle. Pero a la gente parece no importarle. Por eso no es tan terrible que se demoren más de una semana para repasar las 4 esquinas de la plaza central. Las líneas ya están marcadas, la operación de repasar es simple y en un ratito se terminaría todo y se podría avanzar hacia la periferia de la ciudad.
Pero el encargado no escucha razones. Desde la municipalidad le bajaron ese plan de trabajo al encargado de personal y de ahí al encargado de la cuadrilla y de ahí a él y sus compañeros, y hay que cumplirlo. Si sobra tiempo se tomarán unos mates con los compañeros hasta finalizar la jornada laboral, siempre manteniendo las pecheras puestas y el perímetro visiblemente delimitado con los conos.
El Negro tiene un jefe. Si el jefe manda atrasarse, así será.
Los enojados son los taxistas. La demora en el tránsito les causa pérdidas en su trabajo y se lo hacen saber a bocinazos o insultos o bocinazos seguidos de insultos o ambos en simultáneo.
El Negro sabe que los taxistas son un grupo bien organizado y sin vueltas, pero él y sus compañeros también integran un gremio que se la banca, así que al escuchar los insultos o bocinazos los manda a la puta madre que los re parió, generando una mínima discusión que dura lo que tarda en pasar el taxi demorado por el sector en donde se encuentra esa persona (el Negro). A veces solo es un poco más lento de lo habitual y es solo un intercambio de insultos que dura apenas un par de segundos. Pero otras veces, en horas pico, la escena se prolonga y el taxista siempre amenaza con bajarse mientras que El Negro lo llama al combate y los compañeros del Negro se acercan como para dar una buena impresión numérica. El taxista nunca se baja y el Negro no quiere pelear, produciéndose solo ese simulacro que atrae bastante a los peatones, quienes toman partido rápidamente para un bando o el otro. Si la escena dura mucho, si los insultos son fuertes y prolongados, si el taxista efectivamente se baja y hay que detenerlo antes de que empiecen a volar golpes, entonces alguno de los testigos del enfrentamiento llamará a la radio local para hacerlo público, y trascenderá el espacio geográfico delimitado por los conos naranjas para ser tratado durante unos minutos en algún programa radial que de seguro escucha mucha gente de la ciudad. Pero en general eso no pasa.
Al observador que transpira le molesta un poco la presencia de esa persona (el negro). La vereda se llena más de gente que lo habitual en el centro, y hay como un clima de tensión entre la gente que siempre parece estar muy ocupada y con prisa por llegar a algún lado. La gente no se ve molesta, pero el observador que transpira observa que todo es más propenso a estallar mientras los conos y las personas de pecheras color naranja cono sigan ahí.
Una vez que esa persona (el negro) termina su trabajo y se va, lo único que queda de su presencia en el centro son esas líneas blancas y radiantes en la calle, que son como una especie de pintada proselitista, de arte electoral funcionalista.
El observador que transpira observa lo bien que quedaron las líneas, el hermoso contraste con el asfalto que se expresa con fuerza cuando las líneas están recién pintadas. Sospecha, se pone incómodo, nervioso. Transpira un poco más. Pero después los nervios se le pasan. Y vota.
Esa persona no sabe que lo que está haciendo es una intervención política determinante en el municipio. No sabe que el hecho de pintar esas líneas representa un punto sólido en la gestión oficial de cara a los próximos comicios. Pero sospecha.
Es de vital importancia para tener oportunidades de reelección que esas líneas estén recién pintadas al momento en que los ciudadanos emitan el sufragio.
En la casa y el trabajo a esa persona le dicen el Negro.
El Negro (esa persona) solo piensa en lo innecesario de la operación. Las líneas se ven perfectamente. Mejor sería pintar líneas en esquinas de calles que nunca las tuvieron, en vez de re pintar las que ya forman parte del color natural del asfalto a fuerza de ser pintadas cada dos años con motivo de elecciones municipales, provinciales y nacionales.
El Negro piensa que en su barrio no hay líneas pintadas. Pintar en ese lugar sería cuestión de una tarde.
Sin embargo otra vez le toca al centro. Encima los obligan a ponerse esas pecheras naranjas que no utilizan nunca, pero que cuando se trabaja en el centro repentinamente son obligatorias. Con los conos naranjas como las pecheras se delimita un perímetro por donde no pasan autos ni gente, y se procede a repasar una vez más esas líneas, provocando una demora importante en la circulación de la calle. Pero a la gente parece no importarle. Por eso no es tan terrible que se demoren más de una semana para repasar las 4 esquinas de la plaza central. Las líneas ya están marcadas, la operación de repasar es simple y en un ratito se terminaría todo y se podría avanzar hacia la periferia de la ciudad.
Pero el encargado no escucha razones. Desde la municipalidad le bajaron ese plan de trabajo al encargado de personal y de ahí al encargado de la cuadrilla y de ahí a él y sus compañeros, y hay que cumplirlo. Si sobra tiempo se tomarán unos mates con los compañeros hasta finalizar la jornada laboral, siempre manteniendo las pecheras puestas y el perímetro visiblemente delimitado con los conos.
El Negro tiene un jefe. Si el jefe manda atrasarse, así será.
Los enojados son los taxistas. La demora en el tránsito les causa pérdidas en su trabajo y se lo hacen saber a bocinazos o insultos o bocinazos seguidos de insultos o ambos en simultáneo.
El Negro sabe que los taxistas son un grupo bien organizado y sin vueltas, pero él y sus compañeros también integran un gremio que se la banca, así que al escuchar los insultos o bocinazos los manda a la puta madre que los re parió, generando una mínima discusión que dura lo que tarda en pasar el taxi demorado por el sector en donde se encuentra esa persona (el Negro). A veces solo es un poco más lento de lo habitual y es solo un intercambio de insultos que dura apenas un par de segundos. Pero otras veces, en horas pico, la escena se prolonga y el taxista siempre amenaza con bajarse mientras que El Negro lo llama al combate y los compañeros del Negro se acercan como para dar una buena impresión numérica. El taxista nunca se baja y el Negro no quiere pelear, produciéndose solo ese simulacro que atrae bastante a los peatones, quienes toman partido rápidamente para un bando o el otro. Si la escena dura mucho, si los insultos son fuertes y prolongados, si el taxista efectivamente se baja y hay que detenerlo antes de que empiecen a volar golpes, entonces alguno de los testigos del enfrentamiento llamará a la radio local para hacerlo público, y trascenderá el espacio geográfico delimitado por los conos naranjas para ser tratado durante unos minutos en algún programa radial que de seguro escucha mucha gente de la ciudad. Pero en general eso no pasa.
Al observador que transpira le molesta un poco la presencia de esa persona (el negro). La vereda se llena más de gente que lo habitual en el centro, y hay como un clima de tensión entre la gente que siempre parece estar muy ocupada y con prisa por llegar a algún lado. La gente no se ve molesta, pero el observador que transpira observa que todo es más propenso a estallar mientras los conos y las personas de pecheras color naranja cono sigan ahí.
Una vez que esa persona (el negro) termina su trabajo y se va, lo único que queda de su presencia en el centro son esas líneas blancas y radiantes en la calle, que son como una especie de pintada proselitista, de arte electoral funcionalista.
El observador que transpira observa lo bien que quedaron las líneas, el hermoso contraste con el asfalto que se expresa con fuerza cuando las líneas están recién pintadas. Sospecha, se pone incómodo, nervioso. Transpira un poco más. Pero después los nervios se le pasan. Y vota.
miércoles, 23 de febrero de 2011
El observador que transpira: el fútbol
Al observador que transpira le gusta el fútbol. Como la mayoría, heredó el club de su padre, quién a la vez lo heredó de su abuelo. Es bien sabido que la religión y el equipo de fútbol no se eligen, al menos hasta bien entrada la adolescencia y a fuerza de resistir violentas batallas familiares. Él no tuvo conflictos con el mandato paterno, y desarrolló con el tiempo un sincero cariño por las instituciones heredadas, llegando a experimentar sinceros cambios de ánimo con cada victoria o derrota de su equipo.
Como jugador nunca fue bueno y hace tiempo que abandonó el deporte, pero le gusta ir a la cancha como espectador simpatizante. De chico fue bastante seguido acompañando a sus mayores y esto se volvió poco a poco un hábito que hasta el día de hoy practica, aunque ya no tenga ningún mayor a quien acompañar.
Sin embargo, nunca se sintió cómodo en la tribuna popular. La razón fundamental es que, además de tener que ver todo el partido parado y moviendo la cabeza sistemáticamente para evitar los bloqueos visuales de los hinchas que se encuentran delante de él, le da mucha vergüenza gritar desmesuradamente un gol de su equipo. Siempre le resultó más fácil el insulto ante una injusticia o ante un gol enemigo. Por eso, cuando el equipo va mal siempre se siente parte del grupo, aunque los insultos que ensaya tampoco sean desmesurados.
El problema es la incomodidad ante la alegría propia. Él siempre grita fuerte “gol” en esas circunstancias. Pero es un grito corto, seco, que no viene acompañado de un movimiento arrebatado de avalancha hacia el alambrado ni de insultos festivos o improperios ante el rival. Se queda en ese grito y se siente como en deuda, rodeado de acreedores.
Estaba convencido de que al aire libre y el espectáculo deportivo visto cómodamente lo harían transpirar menos de lo habitual. Pero en la popular le resulta imposible ese estado de tranquilidad, y menos soportando la tensión de creerse en deuda con tanta gente que lo rodea.
Por eso un día decidió ahorrar y pagar por ver a su club, durante toda una temporada, desde la platea. El costo era realmente elevado, pero consideró que su tranquilidad bien valía ese precio.
Ahí si se encontró bastante a gusto, con personas que veían el partido desde sus lugares, comentando airadamente entre desconocidos las vicisitudes y gritando cada infracción no cobrada o cada gol local. La gente se ponía de pie gritando de igual manera que el observador que transpira, solo un momento, gritando gol un segundo, y después se abrazaban entre conocidos y se felicitaban entre desconocidos. A veces tenía el gusto de ver, a unos asientos de distancia, a alguna vieja gloria de la institución o a algún jugador actual relegado a la platea por suspensión o lesión. Definitivamente tenía más que ver con este grupo de gente que con el de la popular.
Se dio cuenta desde un principio de que había mucha gente mayor en la tribuna. Entendió que para ellos la popular les debía resultar imposible por una cuestión física. También observó que los viejos conservaban una energía implacable para insultar y gritar los goles, a pesar de que las rodillas los traicionaban un poco.
Una tarde el equipo estaba sufriendo una estafa pública por parte de la terna arbitral. Se había hablado mucho de la importancia del partido y de las conexiones que existían entre los dirigentes del equipo rival y los directivos de AFA. Los árbitros fueron cambiados a último momento, levantando sospechas, y ahora les estaban robando descaradamente a la vista de toda la hinchada. Uno de los viejos de la platea, sentado a solo unos lugares de distancia, seguía el partido con una radio de mano en la oreja. Esta es una práctica bastante habitual. En general es usada para seguir los resultados de los demás partidos que se juegan simultáneamente, o entre las personas que se acostumbraron tanto a los relatores y los comentaristas que necesitan que una voz les interprete lo que están viendo en vivo y en directo. El observador que transpira se alegró al reconocer el modelo de la radio, de marca Karina, a partir de un detalle verde arriba del parlante que la hacía inconfundible. Esta radio coincidía con el modelo que acompañó a su abuelo a la cancha durante toda la vida.
El viejo en cuestión levantaba más y más la voz y la temperatura, poniéndose cada vez más rojo a medida que las injusticias se amontonaban. El observador que transpira también estaba enojado, pero creyó que era tan evidente el robo que no hacía falta el insulto.
Lo que empezó a asustarle fue el estado de salud del viejo, ya prácticamente morado. Observó que no era uno de esos puteadores habituales, sino que estaba reaccionando de manera extraordinaria para alguien como él, movido por una injusticia que se volvía intolerable.
A los 80 minutos del segundo tiempo, con el partido injustamente en contra por 1 a 0, el juez de línea número dos, en las narices del observador que transpira, el viejito y toda la platea, y con una media sonrisa en la boca que sacó de las casillas hasta al mismísimo observador, llamó al árbitro y le sugirió que expulsase al técnico del equipo local y a su ayudante de campo, cosa que el árbitro hizo inmediatamente. Las razones no se saben, aunque están relacionadas con algún insulto o cosa parecida.
El viejito, con una furia que le hacía saltar lágrimas de los ojos, arrojó la radio Karina, la que probablemente lo acompañó durante toda su vida como lo había hecho con el abuelo del observador que transpira, a la cancha, directo al lineman. La radio pasó bastante cerca, pero no impactó. Quedó tirada a centímetros de la línea de cal. El línea avisó a la policía con la misma sonrisa. El árbitro se acercó y, junto con el policía, se preguntaron si el partido debía continuar. El línea, sonriente, contestó que sí, que no había problemas, y los convenció. Es más, él mismo levantó la radio y la arrojó descuidadamente hacia un rincón. El partido siguió acompañado por las lágrimas del viejo y su indignación. El observador que transpira no sabía si las lágrimas que brotaron durante los 10 minutos finales (más 3 de descuento que debieron ser por lo menos 5) estaban relacionadas con la injusticia o con la radio perdida, o con las dos cosas.
A la salida de la cancha, el observador que transpira sintió que en la platea tampoco estaba totalmente integrado. De poder elegir, sería un hincha como el viejo de la radio. Pero lo más parecido a ese arranque que experimentó en toda su vida fue una puntada en el pecho, del lado izquierdo, silenciosa, intensa y cada vez más frecuente, que se repite cada tanto y que lo obliga a dejar de mirar el partido y pensar por un rato en otra cosa hasta que el dolor desaparezca, siempre disimulando para evitar que las personas de al lado crean que no siente la camiseta.
Como jugador nunca fue bueno y hace tiempo que abandonó el deporte, pero le gusta ir a la cancha como espectador simpatizante. De chico fue bastante seguido acompañando a sus mayores y esto se volvió poco a poco un hábito que hasta el día de hoy practica, aunque ya no tenga ningún mayor a quien acompañar.
Sin embargo, nunca se sintió cómodo en la tribuna popular. La razón fundamental es que, además de tener que ver todo el partido parado y moviendo la cabeza sistemáticamente para evitar los bloqueos visuales de los hinchas que se encuentran delante de él, le da mucha vergüenza gritar desmesuradamente un gol de su equipo. Siempre le resultó más fácil el insulto ante una injusticia o ante un gol enemigo. Por eso, cuando el equipo va mal siempre se siente parte del grupo, aunque los insultos que ensaya tampoco sean desmesurados.
El problema es la incomodidad ante la alegría propia. Él siempre grita fuerte “gol” en esas circunstancias. Pero es un grito corto, seco, que no viene acompañado de un movimiento arrebatado de avalancha hacia el alambrado ni de insultos festivos o improperios ante el rival. Se queda en ese grito y se siente como en deuda, rodeado de acreedores.
Estaba convencido de que al aire libre y el espectáculo deportivo visto cómodamente lo harían transpirar menos de lo habitual. Pero en la popular le resulta imposible ese estado de tranquilidad, y menos soportando la tensión de creerse en deuda con tanta gente que lo rodea.
Por eso un día decidió ahorrar y pagar por ver a su club, durante toda una temporada, desde la platea. El costo era realmente elevado, pero consideró que su tranquilidad bien valía ese precio.
Ahí si se encontró bastante a gusto, con personas que veían el partido desde sus lugares, comentando airadamente entre desconocidos las vicisitudes y gritando cada infracción no cobrada o cada gol local. La gente se ponía de pie gritando de igual manera que el observador que transpira, solo un momento, gritando gol un segundo, y después se abrazaban entre conocidos y se felicitaban entre desconocidos. A veces tenía el gusto de ver, a unos asientos de distancia, a alguna vieja gloria de la institución o a algún jugador actual relegado a la platea por suspensión o lesión. Definitivamente tenía más que ver con este grupo de gente que con el de la popular.
Se dio cuenta desde un principio de que había mucha gente mayor en la tribuna. Entendió que para ellos la popular les debía resultar imposible por una cuestión física. También observó que los viejos conservaban una energía implacable para insultar y gritar los goles, a pesar de que las rodillas los traicionaban un poco.
Una tarde el equipo estaba sufriendo una estafa pública por parte de la terna arbitral. Se había hablado mucho de la importancia del partido y de las conexiones que existían entre los dirigentes del equipo rival y los directivos de AFA. Los árbitros fueron cambiados a último momento, levantando sospechas, y ahora les estaban robando descaradamente a la vista de toda la hinchada. Uno de los viejos de la platea, sentado a solo unos lugares de distancia, seguía el partido con una radio de mano en la oreja. Esta es una práctica bastante habitual. En general es usada para seguir los resultados de los demás partidos que se juegan simultáneamente, o entre las personas que se acostumbraron tanto a los relatores y los comentaristas que necesitan que una voz les interprete lo que están viendo en vivo y en directo. El observador que transpira se alegró al reconocer el modelo de la radio, de marca Karina, a partir de un detalle verde arriba del parlante que la hacía inconfundible. Esta radio coincidía con el modelo que acompañó a su abuelo a la cancha durante toda la vida.
El viejo en cuestión levantaba más y más la voz y la temperatura, poniéndose cada vez más rojo a medida que las injusticias se amontonaban. El observador que transpira también estaba enojado, pero creyó que era tan evidente el robo que no hacía falta el insulto.
Lo que empezó a asustarle fue el estado de salud del viejo, ya prácticamente morado. Observó que no era uno de esos puteadores habituales, sino que estaba reaccionando de manera extraordinaria para alguien como él, movido por una injusticia que se volvía intolerable.
A los 80 minutos del segundo tiempo, con el partido injustamente en contra por 1 a 0, el juez de línea número dos, en las narices del observador que transpira, el viejito y toda la platea, y con una media sonrisa en la boca que sacó de las casillas hasta al mismísimo observador, llamó al árbitro y le sugirió que expulsase al técnico del equipo local y a su ayudante de campo, cosa que el árbitro hizo inmediatamente. Las razones no se saben, aunque están relacionadas con algún insulto o cosa parecida.
El viejito, con una furia que le hacía saltar lágrimas de los ojos, arrojó la radio Karina, la que probablemente lo acompañó durante toda su vida como lo había hecho con el abuelo del observador que transpira, a la cancha, directo al lineman. La radio pasó bastante cerca, pero no impactó. Quedó tirada a centímetros de la línea de cal. El línea avisó a la policía con la misma sonrisa. El árbitro se acercó y, junto con el policía, se preguntaron si el partido debía continuar. El línea, sonriente, contestó que sí, que no había problemas, y los convenció. Es más, él mismo levantó la radio y la arrojó descuidadamente hacia un rincón. El partido siguió acompañado por las lágrimas del viejo y su indignación. El observador que transpira no sabía si las lágrimas que brotaron durante los 10 minutos finales (más 3 de descuento que debieron ser por lo menos 5) estaban relacionadas con la injusticia o con la radio perdida, o con las dos cosas.
A la salida de la cancha, el observador que transpira sintió que en la platea tampoco estaba totalmente integrado. De poder elegir, sería un hincha como el viejo de la radio. Pero lo más parecido a ese arranque que experimentó en toda su vida fue una puntada en el pecho, del lado izquierdo, silenciosa, intensa y cada vez más frecuente, que se repite cada tanto y que lo obliga a dejar de mirar el partido y pensar por un rato en otra cosa hasta que el dolor desaparezca, siempre disimulando para evitar que las personas de al lado crean que no siente la camiseta.
miércoles, 9 de febrero de 2011
El observador que transpira: el vaso medio lleno
Afortunadamente para él, el olor a transpiración no representa un problema, porque además de usar asiduamente desodorante, siempre tuvo una transpiración abundante pero inodora. Este fenómeno se debe, según conjeturas realizadas por él mismo sin ningún tipo de base científica, a la cantidad de transpiración que emana a diario: esta cantidad hace que el olor concentrado en el resto de las personas en él se dilate hasta tornarse imperceptible. Esta característica permite que su transpiración no pueda ser detectada a través del olfato, reduciendo el problema solo a lo visual, o eventualmente al tacto. Una pequeña ventaja frente a su problema cotidiano.
Pero existe un instante en el que el observador que transpira es inmensamente feliz con su cualidad: Luego de un largo día de trabajo, en el que permanece durante horas acorralado en lugares cerrados intentando ocultar su transpiración a las demás personas, sale a la calle y la brisa fresca le resulta una bendición, una sensación de comunión con el mundo.
Lamentablemente, no es un momento que pueda perpetuar en el tiempo. Al salir de trabajar, muchas veces está rodeado de gente y es obligado a seguir ocultando sus aureolas por algunas cuadras. Caminar con las aureolas entre la gente es incómodo. Son tantos que no pueden pasar desapercibidas ante todos.
Debe esperar, caminar hasta alejarse del microcentro. A unas cuadras de distancia, algunos días en que la fortuna lo dispone, se descubre caminando solo por la vereda. Observa hacia atrás, adelante, en la vereda del frente. Si nadie se acerca, auto o persona, entonces extiende los brazos en cruz y mira al cielo con alegría, siente el viento que se mete en la camisa refrescando la transpiración y es feliz. Completamente feliz. Podría gritar de felicidad. Por un instante.
Pero debe ser cuidadoso, no dejarse llevar por la sensación de libertad. Casi inmediatamente baja los brazos. Alguien pudo haber doblado la esquina a sus espaldas o lo pueden estar observando desde alguna ventana. Continúa el viaje como al principio aunque más relajado por la aparente ausencia de gente, y con la media sonrisa que le dibuja el recuerdo del momento en que fue libre y que le dura hasta la puerta de su casa.
Pero existe un instante en el que el observador que transpira es inmensamente feliz con su cualidad: Luego de un largo día de trabajo, en el que permanece durante horas acorralado en lugares cerrados intentando ocultar su transpiración a las demás personas, sale a la calle y la brisa fresca le resulta una bendición, una sensación de comunión con el mundo.
Lamentablemente, no es un momento que pueda perpetuar en el tiempo. Al salir de trabajar, muchas veces está rodeado de gente y es obligado a seguir ocultando sus aureolas por algunas cuadras. Caminar con las aureolas entre la gente es incómodo. Son tantos que no pueden pasar desapercibidas ante todos.
Debe esperar, caminar hasta alejarse del microcentro. A unas cuadras de distancia, algunos días en que la fortuna lo dispone, se descubre caminando solo por la vereda. Observa hacia atrás, adelante, en la vereda del frente. Si nadie se acerca, auto o persona, entonces extiende los brazos en cruz y mira al cielo con alegría, siente el viento que se mete en la camisa refrescando la transpiración y es feliz. Completamente feliz. Podría gritar de felicidad. Por un instante.
Pero debe ser cuidadoso, no dejarse llevar por la sensación de libertad. Casi inmediatamente baja los brazos. Alguien pudo haber doblado la esquina a sus espaldas o lo pueden estar observando desde alguna ventana. Continúa el viaje como al principio aunque más relajado por la aparente ausencia de gente, y con la media sonrisa que le dibuja el recuerdo del momento en que fue libre y que le dura hasta la puerta de su casa.
jueves, 27 de enero de 2011
El observador que transpira: la indumentaria
No existen en el vestuario del observador que transpira remeras de colores llamativos, menos que menos las grises. Los colores elegidos son el blanco, el negro o el azul oscuro, y el motivo de esa elección es disimular un poco las aureolas de sudor debajo de sus axilas, aureolas que forman parte de su figura tanto como los ojos o los dientes. Las camisas son blancas sin excepción. Trabaja siempre de traje y siempre con camisa blanca, al punto de tener en su casa tres o cuatro camisas exactamente iguales para cambiarse durante la semana. Para complicar aún más las cosas, tiene un cuello más ancho que el establecido como estándar por los fabricantes de ropa, por lo que el talle de las camisas debe ser un solemne 42, pero necesita recurrir a una modista inmediatamente después de la compra de una nueva camisa blanca para que la adapte al resto de su cuerpo, de un modesto talle 39/40.
A pesar de que ya conoce de sobra su talle y de que la modista tiene desde hace tiempo sus medidas, el proceso de adquirir una camisa le resulta particularmente engorroso. Los empleados insisten en que se pruebe cada prenda que va a llevar porque los modelos cambian, las colecciones también, el paso del tiempo, etc. Las camisas siempre le quedan de la misma manera y él lo sabe, pero no tiene el coraje de enfrentarse a los vendedores y su irritante sonrisa. Así que se prueba. El interior de un probador es el peor lugar para el observador que transpira, quién siente temor hacia a esas cortinas que no sirven para los fines a los que se las destina en los locales de ropa. Es un hecho para el observador que transpira que los bordes de las cortinas nunca se cierran de manera efectiva contra la pared. Siempre ingresa luz por los laterales, por lo que supone que desde afuera se puede ver todo. Inútil ubicarse en el medio del probador, ya que el reflejo en el espejo que se ubica paralelo a la cortina y ocupa toda la pared hace que quien mire casualmente pueda observar sin problemas al observador que transpira probarse la camisa. Además, nunca sabe muy bien qué ropa debe colgar en el único gancho disponible ni qué función debe asignarle al banquito que se encuentra en el rincón. Esto lo hace transpirar más de la cuenta y debe probarse rápidamente la camisa para evitar devolvérsela al vendedor con indicios de sudor. A veces, cuando el proceso se demora demasiado, debe secarse con la ropa que trae puesta antes de probarse la camisa nueva, lo que le resulta verdaderamente incómodo, ya que debe calcular que el sector de la prenda con la que se va a secar no esté demasiado a la vista para no lucir mojada una vez terminado el proceso.
Por último, mirarse en el espejo que ocupa toda la pared le resulta tan inevitable como doloroso. Se ve desmejorado, arrugado y gordo, y esto provoca que al salir del probador se sienta absolutamente derrotado frente a la sonrisa cada vez más irritante del vendedor, o en el peor de los casos, vendedora.
El periplo continúa hacia la casa de la modista, que insiste en tomarle las medidas aunque siempre sean las mismas. Se siente ridículo como niño grande al que una señora mayor hace girar de un lado para otro, estirar las manos, moverse hacia un sitio más iluminado, mientras es manoseado y escrutado minuciosamente en busca de medidas que se registran en un cuaderno de hojas amarillas. Todo esto se realiza en el domicilio particular de la modista, quien a veces interrumpe la conversación con alguna visita ante la llegada del observador que transpira, quien se ve obligado a saludar a los para él desconocidos invitados en el trayecto que va desde la puerta de entrada hasta la habitación destinada al oficio. Esto genera nervios y transpiración, además de una particular sensación de nerviosismo cuando la modista toma las medidas correspondientes al largo de mangas y el observador debe elevar los brazos en cruz mientras la mujer escruta detenidamente el espacio invadido por las aureolas.
A pesar de eso, al llegar a su casa el observador que transpira agradece. A él le gustaría tener un talle de camisas normal y transpirar un poco menos, pero ante esta imposibilidad, al menos existen modistas que ocultan las diferencias para parecerse un poco más al resto y telas blancas para disimular el sudor.
A pesar de que ya conoce de sobra su talle y de que la modista tiene desde hace tiempo sus medidas, el proceso de adquirir una camisa le resulta particularmente engorroso. Los empleados insisten en que se pruebe cada prenda que va a llevar porque los modelos cambian, las colecciones también, el paso del tiempo, etc. Las camisas siempre le quedan de la misma manera y él lo sabe, pero no tiene el coraje de enfrentarse a los vendedores y su irritante sonrisa. Así que se prueba. El interior de un probador es el peor lugar para el observador que transpira, quién siente temor hacia a esas cortinas que no sirven para los fines a los que se las destina en los locales de ropa. Es un hecho para el observador que transpira que los bordes de las cortinas nunca se cierran de manera efectiva contra la pared. Siempre ingresa luz por los laterales, por lo que supone que desde afuera se puede ver todo. Inútil ubicarse en el medio del probador, ya que el reflejo en el espejo que se ubica paralelo a la cortina y ocupa toda la pared hace que quien mire casualmente pueda observar sin problemas al observador que transpira probarse la camisa. Además, nunca sabe muy bien qué ropa debe colgar en el único gancho disponible ni qué función debe asignarle al banquito que se encuentra en el rincón. Esto lo hace transpirar más de la cuenta y debe probarse rápidamente la camisa para evitar devolvérsela al vendedor con indicios de sudor. A veces, cuando el proceso se demora demasiado, debe secarse con la ropa que trae puesta antes de probarse la camisa nueva, lo que le resulta verdaderamente incómodo, ya que debe calcular que el sector de la prenda con la que se va a secar no esté demasiado a la vista para no lucir mojada una vez terminado el proceso.
Por último, mirarse en el espejo que ocupa toda la pared le resulta tan inevitable como doloroso. Se ve desmejorado, arrugado y gordo, y esto provoca que al salir del probador se sienta absolutamente derrotado frente a la sonrisa cada vez más irritante del vendedor, o en el peor de los casos, vendedora.
El periplo continúa hacia la casa de la modista, que insiste en tomarle las medidas aunque siempre sean las mismas. Se siente ridículo como niño grande al que una señora mayor hace girar de un lado para otro, estirar las manos, moverse hacia un sitio más iluminado, mientras es manoseado y escrutado minuciosamente en busca de medidas que se registran en un cuaderno de hojas amarillas. Todo esto se realiza en el domicilio particular de la modista, quien a veces interrumpe la conversación con alguna visita ante la llegada del observador que transpira, quien se ve obligado a saludar a los para él desconocidos invitados en el trayecto que va desde la puerta de entrada hasta la habitación destinada al oficio. Esto genera nervios y transpiración, además de una particular sensación de nerviosismo cuando la modista toma las medidas correspondientes al largo de mangas y el observador debe elevar los brazos en cruz mientras la mujer escruta detenidamente el espacio invadido por las aureolas.
A pesar de eso, al llegar a su casa el observador que transpira agradece. A él le gustaría tener un talle de camisas normal y transpirar un poco menos, pero ante esta imposibilidad, al menos existen modistas que ocultan las diferencias para parecerse un poco más al resto y telas blancas para disimular el sudor.
domingo, 16 de enero de 2011
El observador que transpira: a modo de introducción
I
Transpira. Transpira todo el tiempo. Transpira de día, de noche, con calor, con frío, en invierno o en verano. Siempre supuso que la eterna humedad, que junto con el viento caracteriza a la ciudad, era el principal desencadenante de su crónica transpiración. Pero lo cierto es que nunca conoció a nadie de esa ciudad ni de ninguna otra que transpirara tanto como él. Esto le provoca una cantidad aún mayor de inconvenientes a la hora de relacionarse con la gente. Digo aún mayor porque siempre fue una persona introvertida, y ya no sabe si su introversión se agrava por su transpiración crónica, o es la transpiración lo que vuelve introvertido.
Más de una vez escuchó que todas las personas tienen algo por lo que se destacan de las demás. Una cualidad, a veces un don, que los hace únicos. Luego de mucho reflexionar el observador que transpira se dio cuenta de que su rasgo destacado era la cantidad de transpiración. Desde ya que estaba algo desilusionado. Si alguien le preguntara en qué se considera único, él, siendo sincero con quien pregunta y consigo mismo, tendría que responder “transpirar”. No es algo atractivo, ni siquiera interesante. La gente no le hará toda clase de preguntas acerca de su don y sus aplicaciones, de cuándo se dio cuenta de ese talento, etc. Por eso decidió, desde el momento mismo en que se descubrió su cualidad, ocultarla a los demás. Hoy en día, ante una pregunta de esas características el observador que transpira responde con un “realmente no lo se, creo que nada” y esboza una sonrisa cortés para que el autor de la pregunta se sienta incómodo y cambie de tema sin insistir.
El único problema es que el hecho de ocultar lo que lo hace singular lo vuelve absolutamente ordinario a los ojos de los demás. En este mundo exitista, lo menos que se espera de la gente es que haga una gracia para poder competir en el mercado de gracias con el resto. Pero el observador que transpira optó por la mediocridad y la intrascendencia al riesgo de que la sociedad rechace su cualidad. Lleva su don como un estigma. Por lo demás, nunca le interesó sobresalir, por lo que el hecho de que lo tachen de ordinario o aburrido nunca le molestó.
Así, el observador que transpira vive en función de su transpiración, o transpira en función de su vida, transpirando aunque solo observe o transpirando porque solo observa, o algo así.
Transpira. Transpira todo el tiempo. Transpira de día, de noche, con calor, con frío, en invierno o en verano. Siempre supuso que la eterna humedad, que junto con el viento caracteriza a la ciudad, era el principal desencadenante de su crónica transpiración. Pero lo cierto es que nunca conoció a nadie de esa ciudad ni de ninguna otra que transpirara tanto como él. Esto le provoca una cantidad aún mayor de inconvenientes a la hora de relacionarse con la gente. Digo aún mayor porque siempre fue una persona introvertida, y ya no sabe si su introversión se agrava por su transpiración crónica, o es la transpiración lo que vuelve introvertido.
Más de una vez escuchó que todas las personas tienen algo por lo que se destacan de las demás. Una cualidad, a veces un don, que los hace únicos. Luego de mucho reflexionar el observador que transpira se dio cuenta de que su rasgo destacado era la cantidad de transpiración. Desde ya que estaba algo desilusionado. Si alguien le preguntara en qué se considera único, él, siendo sincero con quien pregunta y consigo mismo, tendría que responder “transpirar”. No es algo atractivo, ni siquiera interesante. La gente no le hará toda clase de preguntas acerca de su don y sus aplicaciones, de cuándo se dio cuenta de ese talento, etc. Por eso decidió, desde el momento mismo en que se descubrió su cualidad, ocultarla a los demás. Hoy en día, ante una pregunta de esas características el observador que transpira responde con un “realmente no lo se, creo que nada” y esboza una sonrisa cortés para que el autor de la pregunta se sienta incómodo y cambie de tema sin insistir.
El único problema es que el hecho de ocultar lo que lo hace singular lo vuelve absolutamente ordinario a los ojos de los demás. En este mundo exitista, lo menos que se espera de la gente es que haga una gracia para poder competir en el mercado de gracias con el resto. Pero el observador que transpira optó por la mediocridad y la intrascendencia al riesgo de que la sociedad rechace su cualidad. Lleva su don como un estigma. Por lo demás, nunca le interesó sobresalir, por lo que el hecho de que lo tachen de ordinario o aburrido nunca le molestó.
Así, el observador que transpira vive en función de su transpiración, o transpira en función de su vida, transpirando aunque solo observe o transpirando porque solo observa, o algo así.
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