miércoles, 3 de enero de 2018

Estereotipo

Estereotipo

I

C. es, exteriormente, todo lo que se espera de un preso. Corte de pelo "turro", cejas depiladas, vestimenta de gimnasia, tatuajes de tinta china.

Cuando llegó al aula todos mis prejuicios dispararon señales de alarma. El curso estaba tranquilo, se trabajaba muy bien y, si había problemas entre ellos, nunca los noté dentro del aula. "Los problemas se arreglan en el pabellón", me decían. La presencia de C., pensaba, venía a ponerle una cuota de tensión al curso. Sinceramente pensé que estábamos mejor sin él.

C. tenía la materia parcialmente aprobada, por lo que solo debía cursar un período breve de tiempo para acreditar los saberes de la materia y aprobarla. Ese período lo debía fijar yo. Como en ese momento el horario de mi materia se le superponía con el de otra asignatura, quedamos en que aparecería cerca de fin de año para hacer un trabajo evaluativo final.

Llegó a cuatro clases de terminar el año. Se excusó argumentando que en esa época se le había complicado mucho la autorización para "bajar" a educación, cosa que era cierta. Mientras explicaba su situación, tropezaba con su lengua evidenciando el efecto de alguna droga.

Supuse que no iba a aprobar porque tenía que ver mucho en poco tiempo, la mayoría por su cuenta.

El tema era texto argumentativo. Definición, características, recursos, ejemplos. Debía analizar dos textos extensos acerca de la educación en contextos de encierro, hacer dos trabajos prácticos y finalizar la unidad con un texto argumentativo propio acerca del tema, con una extensión determinada. Para muchos este texto representó el trabajo de producción individual más extenso que escribieron en sus vidas.

C. se fue quedando cada vez más solo conmigo porque los alumnos que tenían la nota cerrada no asistían más a clases. Las últimas dos clases estuvimos solos él y yo.

Juntábamos dos mesas y pasábamos la clase así, frente a frente. Lo primero que noté estando cerca de él fueron las cicatrices, ordenadas una encima de otra a lo largo de los antebrazos, producto de cortes con gillette que él mismo se había hecho. Cuando lo vi solo, observé los tatuajes, inmediatamente conecto todo con el estereotipo que tenía en la cabeza, dejé de verlo a él para observar al delincuente que tengo en mi cabeza y cada rasgo que veía buscaba confirmar en él mi imagen interna. Todo lo demás se me pasó por alto.

Uno de los rasgos que se me pasaron fue el interés que ponía en la lectura de los textos. Al principio asumí que estaba tratando de quedar bien frente a mí. Me equivoqué.

Las últimas dos clases antes del examen, esas dos en las que quedamos solos, se largó a hablar. Entrar solo al final del año a un curso armado, con todos los códigos relacionados con cuestiones internas de los pabellones y el tema del poder rondando el curso lo volvió callado por precaución. Otra vez la cuestión de la tumba, esa sensación de que todo es amabilidad y buena predisposición pero que hay también un muro que no podés atravesar. Sospechás que atrás de ese muro hay mucho, pero mucho, sabés que está todo eso ahí y que todos los alumnos lo conocen, y los guardias, y vos no. Por momentos alguien se olvida y dice algo, se da cuenta y luego calla. Eso es lo único que tenés, el único agujerito en el muro por el que ves un poquito del otro lado. En base a eso podes sospechar, conjeturar, hipotetizar, pero nada más.

Cuando C. estuvo solo empezó a hablar y descubrí muchas cosas. Había leído los textos que tenían testimonios de internos de otros penales en relación con la educación. Todas las experiencias eran positivas. Un condenado a 40 años que se había recibido de profesor y trabajaba en el penal como docente de sus propios compañeros, entre otros.

Me contó que después de leerlos se los mostró a los compañeros del pabellón, porque el profesor del ejemplo había sido un asaltante de camiones blindados, delito considerado de alta estima dentro del penal.

Los presos siguen con mucho interés las historias de algunos presos. Existe una jerarquía de delitos. Robar blindados o bancos tiene una valoración muy alta. "No cualquiera se regala con un blindado o un banco. Ahí te matan, no hay historia". El que roba sin arriesgarse, el rastrero, tiene baja jerarquía. Los violadores están separados del resto. Y así.

Los compañeros de C. también leyeron los artículos. Analizó las cuestiones formales bastante bien, teniendo en cuenta que no tuvo clases de consulta ni recibió explicación más que de los textos teóricos. Trabajamos las dos clases sobre eso y empezó a elaborar el borrador de su texto.

La valoración de la educación es muy alta tanto para C. como para los demás. La posibilidad de terminar la secundaria (le falta mi materia y una más) era un sueño que se transformó en proyecto dentro del penal, y ese proyecto en una realidad que motoriza otros proyectos, como el de la universidad. "Los que estudian tienen un espacio dentro del pabellón, sus mesas y sillas y libros. No crea que les dieron el lugar, se lo armaron ellos y se hicieron respetar ellos para que le respeten el espacio. Acá hay que hacerse respetar. Usted los mira y son distintos, están en otra. Yo quiero ver si puedo, quiero ser como ellos y estar en otra. Si no estás en otra el encierro te come la cabeza y empezás a caer en las boludeces. Quiero estudiar para ser distinto, para llevarle el título a mi familia y que vean que yo, que soy la decepción de la familia, que me hicieron la cruz y que no esperan nada de mí, terminé la secundaria que ellos no terminaron y voy a la universidad que ellos no conocen”.

II

El 95% de los presos argentinos no terminó la secundaria. C. pertenece a un sector social que piensa que la secundaria no es para ellos. No por vagancia, no por falta de capacidad. Piensa eso porque es lo que dice la tradición, la historia familiar, la trayectoria de los amigos del barrio y su experiencia personal. Sumado a los medios, la gente de afuera, el trato de los adultos en la escuela, etc.

C. empieza la secundaria por varios motivos, pero el central, ese que le da el empujón de entrada y el que le pone freno al abandono es el estímulo educativo presente en la ley 24.660, que estipula la posibilidad de salir meses antes en libertad condicional por aprobar los diferentes niveles de escolarización dentro de la cárcel, como también por realizar cursos de formación profesional.

Me cuentan profes que están en esto desde hace más tiempo que yo, que antes de la implementación del estímulo educativo las aulas de los penales estaban vacías y que, luego del estímulo, las aulas se llenaron.

Es decir que fue un éxito a los fines para los que fue pensado. Estimuló el ingreso al sistema educativo.

Escucho que se cuestiona el estímulo educativo porque los alumnos van a la escuela por los motivos equivocados, la educación pierde sentido en sí misma para convertirse en un medio para un fin.

Entiendo, pero ¿cuáles son las razones que llevan a los adolescentes a ir a la escuela? Casi siempre obligación. ¿Y a los adultos fuera de la cárcel? La mayoría busca un título que le posibilite el acceso a un mejor trabajo. El resto viene después. ¿Por qué van, entonces, los presos a la escuela? Para salir antes.

Salvando excepciones, no encuentro en ninguna de las modalidades de la educación secundaria la valoración de la educación como un fin en sí mismo. Que lo que pasa dentro de las aulas se vuelva, citando el aburrido y monótono vocabulario de la pedagogía, "significativo" para los alumnos, es el gran desafío de los profesores.

El día en que la mayoría de los alumnos se inscriba en la escuela para tener un horizonte amplio que le permita construir activamente una visión crítica de sí mismo y del mundo, ese será el día en que tendremos resueltas un montón de cuestiones en materia de educación. Mientras tanto tenemos esto, gente en las aulas con las cuales trabajar. No es poco, realmente.

III

Más estadísticas. Del 95% de los presos que no terminó la secundaria, el 44% no terminó la primaria. Trato de pensar en cuántas personas de mi entorno conozco con la primaria incompleta. Ni uno solo. Después de años y años, la educación sigue siendo un privilegio de clase.

Hay presos analfabetos. Desde mi perspectiva, desde mi burbuja, el analfabetismo estaba erradicado. Pero resulta que en la cárcel hay más de uno. Quisieron empezar la primaria pero rápidamente desistieron. Los maestros parten de la idea de que sus alumnos saben leer y escribir, sumar y restar. Que estos alumnos no sepan eso provoca un desfasaje muy importante con el resto de la clase. El sentimiento es de vergüenza, dejan de ir a la escuela y se quedan en el pabellón.

La maestra encargada de primaria solicitó con urgencia una maestra alfabetizadora para atender a estos casos.

Me quiero imaginar cuánto del mundo podría entender sin saber leer. ¿Qué tan extenso podría ser mi horizonte?

Si a eso le agrego un muro con alambres y guardias frente a mi cara, ¿a qué se reduce el mundo?

viernes, 3 de noviembre de 2017

La ley del ex

La ley del ex

Hoy me encontré en una fotocopiadora fuera de la cárcel con un ex alumno del penal. Yo iba a sacar copias para la escuela, él iba a imprimir unos CV y cartelitos para pegar en las paredes. La verdad es que la sensación que me produjo al verlo del otro lado es intransferible, pero está relacionada con la felicidad. Nos dimos un abrazo. Sabía que terminaba el secundario el año pasado y que, si le concedían el beneficio del estímulo educativo, recibiría la libertad asistida en febrero. Es asistida y no condicional, porque es reincidente. Cuando vas preso por primera vez podés acceder a la libertad condicional con dos tercios de la condena completa, siempre que completes una serie de requisitos. Cuando sos reincidente, podés acceder a la libertad asistida, que implica salir 6 meses antes de cumplida la condena, también cumpliendo con una serie de requisitos.

Charlando con él mientras esperábamos a que nos atendieran empecé a sentir una angustia que le fue ganando a todas las demás emociones y que ahora escribo como necesidad, como para sacarla un poco de adentro leyéndola desde afuera.

Adentro del penal era alegre, seguro, optimista de cara a su próxima liberación, un hiperarchicordobés jodón. Salíamos juntos del penal después de clases. Yo volvía a mi casa y él salía de transitoria. Íbamos juntos por el pasillo hasta que en el portón a él lo demoraban para requisarlo. Le veía la cara mientras caminábamos juntos y se notaba que contenía las ganas de empezar a correr feliz hacia la puerta.

Cuando lo encontré afuera estaba con un grado de angustia próximo a la desesperación. "Está muy duro, profe. Fui a Córdoba a visitar a mi familia y me volví. Licenciaron a los empleados de las automotrices, toda la obra pública está parada. Me volví enseguida porque allá no iba a encontrar trabajo y porque ahí está mi vieja vida. No quiero volver a la vieja vida. Vine acá y estoy buscando trabajo pero está todo muy jodido. Acá le dejo papelitos para que reparta a sus amigos. Jardinería, albañilería, pintura, gasista. Hago de todo, profe."

El curriculum lo llevó escrito a mano. No tiene compu. En la fotocopiadora los chicos se lo tipean y le ponen la foto por 20 pesos.

Mis alumnos del penal pueden tener diferencias entre ellos, pero en algo la coincidencia es total: ninguno quiere volver nunca más a la cárcel. Sin embargo, el índice de reincidencia de las condenas por robo es de aproximadamente el 40%.

Cuando se habla de inseguridad, los indignados piden más policía, más cárceles, penas más fuertes. Nadie pide más trabajo.

Existe dentro de la ley la figura del "patronato de liberados", institución que recibe a los presos que son liberados y realiza un seguimiento, apoyo, contención, para reinsertarse en la sociedad. Desconozco si ese patronato acá no existe, o existe y está saturado, pero los alumnos se quejan de que en La Pampa te abren la puerta y vos manejate.

En tiempos de ajuste, de recesión, ¿cuánto tiempo va a pasar para que el "hago de todo, profe" pase a ser "hago cualquier cosa"?

Paréntesis: miremos de reojo la teoría del pobrecito. Es cierto que los factores sociales condicionan e inclinan al delito. El escandaloso porcentaje de detenidos provenientes de sectores socioeconómicamente vulnerables es prueba suficiente de ello. Pero también es cierto que no todo pobre agarra un arma. No va por ahí la cosa, no hay que caer en la ingenuidad y el discurso medio salame del progresista de plastilina. Pero un tipo que va preso tiene derechos. Todos, en realidad, menos el ambulatorio. Y cuando sale tiene garantías legales que le permiten reinsertarse luego de cumplir su condena sin volver a delinquir. Esto no se cumple y la vulnerabilidad que este incumplimiento genera es desesperante.

Si algún evento accidental, extraordinario, totalmente fuera de lo común, no sucede en la vida de mi ex alumno, su futuro es engrosar ese 40%. Eso, o la mendicidad. Y la gente lo verá en el diario y dirá ahí lo tenés, que se pudra por chorro, encima le damos de comer y le pagamos un sueldo. La misma gente que no lo tomaría en un trabajo que le permita torcer su destino que implica tácitamente que, quien entra, no sale nunca más.

37 años tiene mi ex alumno.

Como última actividad del año pasado analizamos en el curso la educación en contexto de encierro y su potencial como herramienta de reinserción social. Leímos textos varios, vimos, conocimos experiencias, opiniones, estadísticas. Como trabajo final mi alumno escribió un extenso texto argumentativo. Transcribo algunas partes. No imagino otro cierre para todo esto:

"Reincide el Estado y la reincidencia la paga el reo:
Sostengo por experiencia propia que si el Estado no reincidiera en el incumplimiento del tratamiento de reinserción del reo a la sociedad, el índice de reincidencia sería de solo un dígito.
El estado es muy eficaz a la hora de apresar a personas que han cometido un delito, sobre todo si éste tiene antecedentes. Es muy fácil para el estado y la sociedad en general condenar a una persona a penas más duras por tener antecedentes, aunque la misma constitución expresa que una persona no puede ser condenada dos veces por el mismo delito. Es decir, lo que ya pagaste no es agravante para otro delito.
Sin embargo yo pienso que es el Estado el que reincide en su ineficacia como organismo de reinserción del reo, y sin embargo no tiene pena alguna por abandonar personas, siendo la principal institución que tiene que velar por los derechos de las personas.
Esto es muy fácil de comprobar cuando leemos la ley 24.660 en su totalidad. Esta ley fue sancionada a los 19 días del mes de junio de 1996, en el capítulo VII art. 106 a 132, trata de los derechos laborales del detenido. Esto recién comenzó a regir efectivamente en el 2011. El capítulo VIII, referido a la educación, fue modificado el 27 de julio de 2011 y recién ahí comenzó a funcionar. Antes este derecho era negado.
Sin embargo, lo que continúa ausente o mejor dicho lo que el estado sigue incumpliendo, es lo expuesto en el capítulo XIII "Asistencia postpenitenciaria" y cap XIV "patronato de liberados", los cuales hablan claramente del seguimiento del reo y el cumplimiento del estado con el reo para su reinserción en la sociedad. El estado abandona al reo y la sociedad, en un acto de discriminación, al tener antecedentes penales, también lo abandona. Pero ¿Quién juzga al estado por su reincidencia en el incumplimiento de su obligación?"

miércoles, 25 de octubre de 2017

Bondi

Bondi
En el penal, como en todo lugar con mucha gente, existe un constante ruido de fondo. Puertas, voces en el patio, voces en los pasillos, las otras aulas. En fin un “Muro de sonido” a lo Phil Spector, con varias capas superpuestas, algo perfectamente normal en un edificio tan grande.

Algunos alumnos me estaban contando la razón por la que no estuvieron yendo a clases. El pabellón castigado durante semanas luego del "gran quilombo", otro pabellón castigado por otra cosa, clima tenso en el penal.
"Hay bondi, profe. ¿No escucha los portazos?" "Seguro ahora cortan el paso y nos vienen a buscar".
Comienzo a prestar atención al ruido de afuera. Como siempre, no puedo distinguir nada particular en el muro de sonido. De repente empiezo a distinguir un sonido que se hacía cada vez más fuerte, estaban cerrando puertas cada vez más cerca de nosotros.
No entiendo cómo detectaron el cierre de las puertas antes que yo. Frente a la confirmación, el clima y los modos cambiaron. Abandonaron parcialmente el registro formal y empezaron a organizar todo en velocidad.
_Se pudrió todo. Usted tranquilo. Si se arma bondi acá adentro nosotros hacemos un cerco alrededor suyo y corte que lo tenemos de rehén.
_ eh?
_ de rehén bien, para que no le pase nada. Si entra el servicio no se preocupe, no tocan a los guardapolvos blancos. Pero tampoco nos pueden tocar a nosotros, así que si nos quieren fajar usted los frena porque no hicimos nada y estamos en su clase.
_ ehhh... Bueno.
_profe ¿no le puedo dar algo para que me lo guarde por si cae la requisa?
_ eh?
_ no profe. Olvídese. Lo comprometo al pedo.

Te regalo los dos minutos esperando a que nos vinieran a patear la puerta. Finalmente no llegaron a las aulas. Cortaron el paso antes.

Me quedo con la organización áulica para protegerme, el no abandono del usted para referirse a mí cuando la cosa se puso brava y la cara de todos mientras esperaban que algo pasara. El clima ahí adentro cambió tanto y se hizo tan denso que es como si la misma gente se volviera otra gente. Lo bueno es que la otra gente también quería defenderme.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Primavera

Primavera Otro día sin clases por "tránsito cortado". Eso significa que por algún problema se prohíbe entrar y salir del penal, como así también circular por los pasillos. Estos problemas tienen siempre que ver con peleas dentro de los pabellones, o entre pabellones, o en los pasillos comunes. Si te agarra afuera, no podés entrar. Si te agarra adentro, no podés salir. Existe una relación directa entre los días lindos y los problemas en el penal. En los días lindos la violencia se presenta con mayor facilidad. Desde septiembre/octubre empieza la temporada de tránsito cortado. Influyen, claro, otros factores: la cercanía de las fiestas, las vacaciones, la asignación de condicionales y asistidas. La tensión cotidiana en ese lugar supongo que justifica un problema en cualquier momento del año. Pero lo cierto es que a la hora de armar estadísticas, el calor trae los problemas, porque los días se ponen lindos y la necesidad de estar afuera se vuelve inaguantable. Esta cárcel es una Colonia Penal. El régimen de colonia permite pasar mayor tiempo en espacios abiertos, viendo el cielo y sintiendo el sol. En Ezeiza (máxima seguridad) un alumno me contaba que "podía ver el sol sin barrotes" una vez por semana, durante una hora, en una cancha de fútbol. Acá tienen mucho espacio para ver el horizonte sin las limitaciones inmediatas de los muros. Estudios indican que una persona viviendo entre muros durante mucho tiempo comienza a tener problemas de visión debido a la imposibilidad de mirar algo lejano. Todo termina cerca, en un espacio cerrado. Saliendo de ese espacio aparece otro espacio cerrado y así. Un horizonte siempre inmediato. El régimen de Colonia es una alternativa, la posibilidad de un horizonte. Para que una Colonia pueda funcionar como tal, el nivel de control debe ser menor, con más libertad de desplazamiento por parte de los internos. Los presos se quejan de que esta colonia no funciona como tal, que las autoridades del penal se comportan como si estuvieran en un penal de máxima. El servicio penitenciario justifica el endurecimiento de la seguridad con los constantes problemas de los internos. No entiendo muy bien qué vino primero, qué hecho generó que cosa, pero lo cierto es que la tensión está siempre presente. La escuela se encuentra siempre en el medio, negociando espacios y conductas en medio de una disputa territorial. Entonces llega la primavera en este contexto y la cosa se pone brava. Tiene lógica: cuando está lindo uno tiene ganas de salir. Estando encerrado, esas ganas se deben multiplicar por un millón. Cuando está lindo y se acerca navidad o año nuevo y toda la familia se junta, ni me quiero imaginar. Hoy amaneció frío y lluvioso. hasta el mediodía estuvo así. Después se puso lindo, templado con un sol hermoso de esos que dan calor sin campera. Las clases arrancaron con normalidad los primeros módulos pero a mitad de jornada se pudrió y suspendieron las actividades en la escuela. transito cortado, no vengas. Un día de lluvia un alumno miró las innumerables goteras y me dijo: "parece mentira, llueve más adentro que afuera".

martes, 19 de septiembre de 2017

Lenguaje

Dos presos se encuentran en el pasillo y uno le agradece al otro: "gracias hermano, me salvaste las papas". Mientras espero a que el guardia me abra la puerta escucho unos segundos más y me sorprende la literalidad de la charla: uno le había guardado las papas en el almuerzo porque al otro se lo había llevado la requisa a medio almorzar

Hay un alumno que me dice Martín Fierro. No hay dos planos: como les llevé el Martín Fierro ahora soy Martín Fierro.

Trabajamos con cuento policial y alguno se anima a acusarme de ponerme la gorra y llevar cuentos de cobanis.

Se pierden las capas, los niveles de sentido.

A la vez se incorporan términos carcelarios que indican pertenencia al grupo. Estas palabras son, antes que nada, ejercicios de lenguaje: cobani, lavataper y vaca rallada son neologismos creativos y usarlos implica manejar un código de filiación con el grupo.

Despersonalización, le dicen. Alguien olvida rápidamente todo lo de afuera que no sirve y aprende todo lo necesario para sobrevivir. Se transforma en otro.
Veo a un chico con un colchón blanco parado en la puerta de entrada de un pabellón.

-¿Cómo es su nombre?

-J… Dice muy bajito. Paso caminando a tres metros y puedo darme cuenta del miedo.

-¿cómo dijo?" Pregunta el guardia, más fuerte.

-J… 
-Ahora el celador lo va a ubicar. Y hable más fuerte que el lugar es grande.

En la escuela cambian el registro. Dejan de hablar en tumbero y me tratan de usted. Conviven en democracia y olvidan momentáneamente las broncas entre pabellones.

Entra uno de afuera al aula. Saluda a los alumnos, me saluda a mí y se va. No entiendo nada pero sé que algo pasó. Esa escena de 5 segundos fue un mensaje a alguien. La puesta en funcionamiento de una lengua que no conozco.

Me agradecen por haber ido.

A veces salgo pensando que ahí adentro enseño una lengua extranjera.

Aproximaciones a la definición de unidad penal


Entro al aula y los alumnos estaban intentando subir el calefactor. Recuerdo que el año pasado no hubo calefactor en el aula hasta agosto, más o menos, y por el agujero de la pared entraba un frío que no te puedo explicar. Hay olor a gas.
_ ya está profe.
A mitad de la clase entra otra profe por cuestiones administrativas al aula y casi se cae de espaldas por el olor a gas que había dentro. Nos ordenó abrir todo inmediatamente. Así lo hicimos.

La cárcel es eso. O más o menos eso. Es como un gran establecimiento con una importante fuga de gas. Apenas entrás la sentís, pero paulatinamente te vas adaptando hasta naturalizarla.
Un día alguien prende un encendedor y te acordás por las malas, o nadie prende nada y entonces te vas durmiendo de a poco.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Tiempo compartido

Estaba en llamas cuando me acosté . Charly García



La pintura no tenía nada que ver con lo que pasó, pero se le quedó grabada con mayor nitidez que todo lo demás, que era lo verdaderamente importante. Unos barquitos a remo en un paisaje que presumiblemente pertenecía a Venecia, todo en tonos de azul. Uno amarrado, otros navegando.
Parece que todo empezó ahí, tirados en ese sillón cama del hotel más lujoso en el que habían estado en sus vidas, cuando todo se fue de las manos y la presencia de Martín empezaba a surgir como hipótesis. Primero fue un no rotundo pero después fue un sí y al final un será lo que tenga que ser, que finalmente fue y más finalmente no, cuando al séptimo mes la cosa se complicó y todo se fue definitivamente al caño. La lucha por el entierro fue entre tétrica y absurda, la burocracia necrológica fue como una bota que le terminó de aplastar el cerebro.
Si hubiera que buscar un hecho, sería ese. Pero es más complejo que eso, porque antes de eso, antes del sillón cama (un día antes, para ser preciso), había salido al balcón a fumar y ahí, al ver pasar desde el balcón del piso trece a un tipo por la calle, le vino la idea a la cabeza. Tan simple como eso.
Tal vez tenía que ver con la sensación de estar descolocado. Cuando unos años antes los paró un pibe por la calle con cara de bueno y les hizo una encuesta ellos estaban en pleno idilio amoroso, de vacaciones y en la playa. Absolutamente descolocados. Terminaron conociendo el lujoso hotel y así, dos horas después del pibe y la encuesta, adquirieron un tiempo compartido que a ellos no les convenía contrayendo la primera deuda de pareja. Una estupidez, verdaderamente. Cuando al día siguiente quisieron romper el contrato conocieron la verdadera cara de esas amables personas. No hubo caso. Incluso estuvieron a punto de gastarse lo poco que les quedaba y terminar antes las vacaciones acudiendo a un abogado en la playa para ver si se podía solucionar de alguna manera. Finalmente pagaron su error en cuotas, religiosamente.
Cuando el tiempo y el dinero al fin confluyeron y le dieron uso por primera vez, se encontraron con un hotel que les quedaba grande por todos lados. No importó, uno se adapta fácilmente al lujo. En el piso trece quedaba el departamento correspondiente y en el departamento el balcón en cuestión y desde el balcón aquel tipo caminando que le dio la idea.
El tiempo pasó y, con él, llegó y se fue la hipótesis de Martín. Los años se llevaron todo, a Emanuel y a su madre. Eso también podría formar parte de las razones.
Pero hay más. Hay muchas, infinitas razones pequeñas, estúpidas, cotidianas. El cine, por ejemplo, o las noticias policiales de la tele. ¿Qué películas, qué noticias, de qué manera lo que uno ve por la pantalla se queda prendido en la cabeza?
Nada del otro mundo, solo la configuración particular de un montón de hechos cotidianos, de esos que vivimos todos, sumados a un par de hechos extraordinarios de esos que también vivimos todos, tejen un entramado particular en cada uno. A veces surgen ideas como esta, que parecen descabelladas, monstruosas, repudiables desde todo punto de vista. Tampoco usted está tan lejos de tener una idea similar.
La cuestión es que dos años después volvió a utilizar el tiempo compartido.Pidió el mismo departamento. Ahí estaba el cuadro de los barcos adornando el living comedor frío e impersonal de la habitación hotel. De no ser por el cuadro, le podrían haber dado cualquier habitación sin que él se hubiera dado cuenta. Por el cuadro y por la vista, desde un piso trece a contrafrente, con vista a la calle en lugar de la playa.
Nunca le gustaron los hoteles. Esa impersonalidad en las paredes y en el personal, esa invisibilidad que los dueños exigen a los empleados, el desayuno entre extraños. Nunca pudo creer la compra de ese tiempo compartido.
Tampoco sabe si "comprar" es el verbo exacto. Lo que compró fue una cantidad determinada de puntos que se renuevan anualmente. Esos puntos son intercambiables por días dentro de algún hotel de la cadena. En temporada baja, el tiempo vale pocos puntos, por lo que se pueden canjear por más días haciendo la estadía mayor. En temporada alta, en cambio, el tiempo vale más y las estadías se vuelven más cortas. En caso de querer ir por mucho tiempo y no tener tantos puntos, uno puede comprar tiempo, es decir comprar puntos. También le puede alquilar los puntos a un amigo, negociando con el tiempo propio y el ajeno. Como en realidad no se volvió dueño de nada, no sabe si el verbo comprar esté bien para definir esa transacción.
El arma fue heredada. El padre era un entusiasta cazador en épocas en las que la familia tenía campo. Salían por las noches a cazar liebres o durante el día a cazar patos. El campo ya no existía pero sí las armas.Tomó el rifle de mayor calibre y lo puso en la funda para las sillas plegables. Entraba perfecto. Igual, nadie mira nunca el equipaje en los hoteles.
Canjeó algunos de sus puntos por dos días de alojamiento. La primera noche se la pasó apuntando desde el piso trece con el arma vacía. Antes de llegar, pensó en utilizar la baranda del balcón para apoyar el rifle y así mejorar el pulso. pero al ensayar la primera noche se dio cuenta de que eso perjudicaba más de lo que ayudaba, por lo que descartó la idea.
Pensaba en el por qué. Pensaba en Freud y suponía que Tanatos andaba por ahí, cebándole unos mates en el balcón. Es demasiado complejo el por qué, o demasiado simple, o demasiado absurdo, y él no tenía tiempo. Dos días que compró con los puntos, después había que irse. Cargó el arma y buscó el blanco.
Estaba ansioso pero no quería confundirse. Tenía que elegir bien. Si bien el disparo era a cualquiera, al azar, tampoco era tan simple. Tenía que encontrar a alguien del otro lado de la mira telescópica y darse cuenta de que era ese y no otro. El blanco no tardó en aparecer.
Eran casi las doce del mediodía. Despejado y caluroso día de playa. Mucha gente yendo y viniendo. Un hombre salió de un departamento interno en sentido inverso a la playa. Le daba la espalda al hotel, al balcón y al rifle. A pesar de la altura, pudo ver claramente que el hombre tenía una corona calva, un círculo sin pelo bastante típico en la gente con calvicie. Típico en otro contexto, en ese balcón era un símbolo. Agarró el rifle, apunto a la corona y disparó. Así de simple. Apuntó y disparó. Sin dilemas, sin dudas, sin nada. Disparó.
La carabina estaba sucia y el culatazo casi le rompe la clavícula. Aprovechó la patada hacia atrás del arma para tirarse al piso y refugiarse de las miradas. No sabía si había dado en el blanco.
Se levanto como a los diez segundos. No pensó en nada. En esos diez segundos no pensó absolutamente en nada. Por primera vez en su vida no hubo una sola palabra que asomara en el cerebro para tratar de nombrar lo real. Asomó apenas la cabeza para ver qué había pasado. El corazón le latía muy rápido y el oído estaba afectado por el estruendo. La cabeza comenzó a trabajar rápido pero no revelaba ninguna idea.
El hombre caminaba con parsimonia llegando a la esquina. Nadie miraba para ningún lado, nadie estaba agachado o llamando a la policía. Le había errado. Le había errado por mucho, tanto que el hombre no se había dado cuenta de que hace unos segundos fue el blanco de un tirador.
Parecía tan fácil todo. La altura, el ángulo, la visibilidad, la sensación de impunidad.
 Dejó pasar unos segundos tratando de recuperar la capacidad de razonar perdida. El ruido del ventanal de un balcón cercano abriéndose lo hizo despertar.
Entró a la habitación silenciosamente. El cerebro se activó para lo inmediato. Encendió un sahumerio para disimular el olor a pólvora que sentía en todo el departamento. Mientras el sahumerio se consumía armó el bolso y puso el rifle en la funda de la silla. Aguardó un instante más para que el sahumerio se consumiera definitivamente. Tenía miedo de que la habitación ardiera en llamas por culpa de su negligencia. Salió de la habitación y, al cerrar la puerta, ésta se trabó automáticamente, como todas en el edificio, por una cuestión de seguridad.
Volvió a introducir en la cerradura la tarjeta que funcionaba como llave. Abrió la puerta y desde el umbral constató una vez más que del cenicero en el que había puesto el sahumerio no saliera humo. Cerró definitivamente la puerta y se fue.
Avisó al conserje que se retiraba y fue en busca del auto. La cochera era subterránea y silenciosa. Ahí detecto hasta qué punto estaba aturdido por el disparo. Un sonido agudo y potente retumbaba con fuerza en su cabeza. Eso no le impidió salir cuidadosamente de la cochera, sin levantar sospechas.
Un semáforo se puso en verde y, al arrancar, se dio cuenta de que tenía el freno de mano puesto. Entendió que estaba razonando nuevamente. Sintió el dolor en el hombro, el zumbido, el olor a pólvora, pero no pudo ponerle nombre a lo que pasó. No sólo al disparo, a todo. No podía nombrar nada. Solo la sensación de que estaba en un lugar en el que nada es, nada es realmente lo que es en ese tiempo compartido.
 Miró por el retrovisor y se descubrió los ojos. Con el sol de frente le parecieron más claros.
¿Qué ojos habría heredado Martín?







sábado, 9 de enero de 2016

Otras cosas: Feng Shui


Él piensa que el feng shui es un arte marcial. Aunque su mujer le explica que nada que ver, él insiste. Consiste en tomar la búsqueda de espiritualidad de los occidentales, su ignorancia, su aburrimiento y su irrefrenable necesidad de gastar plata en estupideces y usar todos esos elementos como armas en su contra, con el fin de asesinarles la billetera. Sobre todo a los esposos, quienes se ven obligados a exprimir sus bolsillos para evitar que sus mujeres, repentinamente investidas por un espíritu milenario chino, los molesten hasta el hartazgo. Es tan efectivo que el hombre que se desprende de su dinero siente la tranquilidad de sacarse a su mujer de encima y tenerla entretenida por un tiempo, eligiendo el mal menor. La alternativa a las facturas en el shopping son las facturas conyugales sobre aquello que ella no pudo hacer y la frustración que siente al respecto. Las facturas del shopping alguna vez se terminan de pagar. Las otras, no.
Uno se sabe perdido de entrada. Se alegra cuando pierde poco. No hay forma de ganarle feng shui.
Hace un tiempo su mujer llegó con lo del chi kung. Luego vino el reiki, el yoga, la gemoterapia, las runas, pilates y ahora volvemos a oriente con el feng shui. Todo empaquetado, adornado y listo para que las señoras con dinero y tiempo libre consuman espiritualidad al alcance de la mano.
Se desprendió del dinero, observó con alivio la felicidad de su mujer, tomó los palos de golf y se fue un rato.
Le gustaba pasar tiempo en el terreno que había comprado en el club de campo. Ese pedazo de tierra significa un logro impensado para un hijo de la clase trabajadora y una mujer de familia aristocrática económicamente venida a menos. La educación, la profesión liberal, el esfuerzo personal dieron sus frutos.
Aún faltaba mucho, pero ahí estaba el terreno. Él mismo le hubiera cortado el pasto si no estuviese mal visto. Para eso estaban los empleados del country (aunque ellos, los propietarios, preferían club de campo. Cuestión de pertenencia), a los que les pagaba una suma extra bastante importante para atender la jardinería del terreno, o quizás el hijo de algún propietario del country, quien a modo de juego didáctico (el objetivo era comprender el valor del trabajo y del dinero. Jugando, por supuesto) se ofrecía a cortar el césped por una pequeña fortuna, que uno pagaba porque estaba bien hacerlo.
Ahí estaba el terreno, y Rubén a la mañana y Carlos a la tarde, los guardias que ya lo conocían por el nombre y le abrían la puerta sin pedirle documentos. También estaba el club house donde tenía sus amistades, amistades de esas que abren puertas laborales. Con ellos se podía hablar de golf y de caballos, buenos vinos y negocios, siempre que la conversación no incluyera cifras concretas de dinero. En esas conversaciones no hay números, entre amigos se habla de las cosas buenas de la vida y se olvidan las cuentas.
También estaba el hermoso campo de golf donde durante los noventa iba el presidente (dos veces al año religiosamente durante los diez años que duró su mandato) a jugar al golf entre amigos. El viejo Atilio siempre recuerda las veces que jugó con el presidente en ese campo. Debía dejarlo ganar porque se les informaba antes que al presidente no le gustaba perder. Atilio nunca supo si el presidente sabía que los demás iban a menos o si realmente pensaba que era un fenómeno del golf. El viejo Atilio dice que al final lo estaban engañando y Ernesto dice que no, que el poder es eso, es ganar siempre al golf aunque uno sea el peor jugador del campo.
Él saluda, toma los palos y se va a su terreno a practicar su swing. Más adelante tendrá una casa ahí donde ahora practica golf. Más adelante, cuando consiga el dinero para hacer una casa acorde al lugar, a la arquitectura de sus vecinos. No quiere envidiarle nada a nadie. Por ahora dice que lo está pensando, que el trabajo, las distancias, Mabel que no maneja. En fin.
Ahí está él entonces, controlando el grip y la relajación de los hombros y se siente feliz. Realmente le gusta estar ahí, pegándole a la pelotita, solo con sus pensamientos, mientras su señora debe andar destruyéndole la tarjeta junto con la señora de Ibarguren, ambas buscando objetos para redecorar la casa de nuevo, esta vez para que la energía fluya pero sin perder la elegancia. Sonríe al pensar que eso la tendrá entretenida durante algunas semanas.
La felicidad es eso, piensa. Pegarle una tarde entera a la pelotita con un palo mientras piensa. Por qué ese momento, éste, el presente perfecto, con el palo y el césped y la pelotita, esconden un mecanismo tan extraordinariamente complejo. ¿Por qué el dinero y el tiempo y los guardias y el club house? ¿Por qué no es lo mismo en la plaza, en el parque, al costado de la ruta? ¿La felicidad es el golf o es lo otro, o es el golf después de lo otro?
De repente mira al cielo y descubre que el sol está bajando. Se pasó la tarde en el terreno sin darse cuenta. Ya debe volver a preparar todo para mañana que hay trabajo.
Mientras conduce de vuelta empieza a sentir esa leve presión que, con el correr de las horas, se volverá más y más intolerable. Hay que trabajar, empezar la semana. Recuerda el pulgar de la mano izquierda, apoyado contra el palo y envuelto levemente por la mano derecha, ejerciendo una leve presión antes de dar el golpe. Trata de relajar los hombros, como en el golf. Es más difícil fuera del terreno.
Siente la creciente necesidad de abrir las ventanillas del auto para calmar la desagradable sensación de ahogo que sufre los domingos por la tarde, cada vez más seguido. A esto le seguirá una noche de insomnio y un lunes complicado de aguantar.
Llegó a su casa y vio las bolsas. Malditos los shoppings que trabajan los domingos.
Luego de las bolsas lo recibe su mujer, mostrando entusiasmada los tres espejitos hexagonales que compró en el shopping a una mujer de extraños ojos.
- No, gordo, te digo que tenía algo en el ojo. Para mí que era discapacitada.
- No, Mabel. Seguro que era china y vos ni te diste cuenta.
- Claro. Vos pensás que soy tarada. No era china. Era discapacitada, Pero me vendió estos espejitos divinos que ayudan a hacer circular la energía. Hay que ponerlos en el marco de la ventana para la protección y la buena suerte. Yo los voy a poner acá. Mirá, quedan re monos, del mismo color que los sillones.
Él se sienta en el sillón del living con los vestigios de la sensación de ahogo aun en el cuerpo. Mira los espejos de reojo con muy poco interés hasta que algo lo obliga a detener la mirada. El último rayo de sol, ese que marca el fin del atardecer, entra por la ventana de los espejos y ahí se ve, el haz de luz, el flujo energético perfectamente visible, circulando.
- Mabel, veo la energía.
- ¿Cómo, gordo?
- En los espejitos de mierda esos que compraste. Veo la energía.
- Gordo, no me tomes el pelo, querés. ¿Por qué sos así? Siempre censurás con tu ironía mis intentos por...
- Que no te tomo el pelo, Mabel, te juro que los veo.
Mabel de pronto se asusta. Su esposo no miente. Él ve las luces. Su esposo tiene una especie de conexión con el feng shui. No es decoración, es algo más, algo de verdad.
Inmediatamente toma los espejitos empleando un gesto que es lo más parecido a correr que el marido de Mabel vio en ella en 25 años. Abre rápidamente la ventana y los arroja, como si quemaran, hacia la calle.
- ¿Pero qué hacés, loca de mierda, me querés decir?
- Basta de feng shui. Me dio miedo.
Él, fastidiado, se levanta del sillón y se va al baño, acto que había retrasado por la cuestión energética de los espejos que ahora están en la calle, 6 pisos abajo.
Mabel, al verlo irse con el mal humor de siempre, se siente más aliviada. Vuelve a la cocina con una mano en el pecho y el gesto como de a quien le vuelve el alma al cuerpo. Mirá si su esposo. Un raro. La gente.
Él, sentado en el inodoro, llora en silencio.


miércoles, 6 de enero de 2016

El agua

El observador que transpira, como se dijo anteriormente, transpira mucho. Su obsesión por el aseo personal es lo que le permite relacionarse con los demás de manera más o menos satisfactoria. La escasa seguridad en sí mismo producto de sudar evidentemente más que los demás lo obliga a bañarse en momentos clave del día para sentirse limpio y, así, más seguro ante el resto.
El problema es que la ciudad en la que vive tiene serios problemas con el suministro de agua. Estos problemas lo afectan de menor manera que a otros porque su barrio aparentemente recibe los beneficios que le otorga el encontrarse en el camino entre el lugar de donde sale el agua y el complejo industrial de las afueras de la ciudad. En ese complejo, el agua está garantizada siempre por razones contractuales. El observador que transpira es un beneficiario colateral de ese contrato.
Sin embargo esta vez no. Toda la población quedó sin agua por la rotura de un caño y esa totalidad lo abarcó a él, que sin previo aviso abrió la canilla para rebajar con un chorro de agua fría su té recién preparado y descubrió que nada salía de ella.
El corte fue sin aviso y brutalmente democrático. Solo hay agua en el polo petroquímico por cuestiones de seguridad establecidas por escrito en el contrato.
El observador que transpira se enojó en silencio, solo refunfuñaba entre dientes mientras esperaba que el té se enfriara naturalmente. Prendió la radio en el informativo local y luego el noticiero televisivo local que le confirmó aquello que ya había escuchado por la radio: Rotura de caño, trabajos de reparación. 48 horas.
Para el observador que transpira 48 horas sin agua en verano representan una verdadera tragedia en 48 actos. Habló con su mujer y se indignaron moderadamente juntos. Actuó con rapidez: avisó que no iba a trabajar por razones particulares y acudió rápidamente al supermercado chino barrial para hacerse de suministros del líquido elemento. Se encontró con cola en la entrada y el chino en la puerta mirando el espectáculo como sin poderlo creer. Se acercó al supermercadista al que conoce desde hace tiempo. Todo el mundo le dice "Chiqui" pero el observador que transpira lo sigue tratando de usted porque no siente tanta confianza. A veces piensa que la utilización del usted le provoca alguna dificultad al dueño del supermercado, pero prefiere esa complicación a pasar por maleducado.
En un rudimentario español, Chiqui le informa que, debido a lo imprevisto del corte, el supermercado no pudo abastecerse de bidones extra por lo que pronto no tendrán agua para vender.
La profecía china se cumplió y el observador que transpira solo pudo comprar dos botellas de 2 litros 25 de agua, una de las cuales era gasificada. Olvidó que en la ciudad, por cuestiones ecológicas, ya no reparten en los supermercados bolsas de nylon, por lo que volvió con una botella en cada mano pensando en que su tragedia personal no hacía más que empeorar.
A medida que caminaba se acrecentaba su nerviosismo. Esto, junto con los 32 grados de térmica en la ciudad, lo hicieron llegar a su casa bañado en sudor.
Llegó visiblemente afectado por la situación y, mientras le contaba a su mujer lo sucedido, tomó un vaso y abrió estúpidamente la canilla buscando con qué llenarlo, multiplicando su desesperación al comprobar, o mejor dicho recordar, que no había agua. Durante el tiempo que duró la crisis hídrica el observador que transpira no hizo más que repetir inconscientemente una y otra vez la misma operación en la canilla de la cocina.
En el baño es otra cosa. El observador que transpira mira la ducha y el inodoro al entrar e inmediatamente recuerda la ausencia.
Evidentemente, bañarse con tan escasa provisión de agua se hace imposible, por lo que se vio obligado a recurrir a los surgentes ubicados en diferentes puntos de la ciudad donde el agua fluye con obscena libertad para hacerse de un poco y poder improvisar un baño.
Revisa la casa junto a su mujer. Encuentran dos bidones de 6 litros y dos botellas de 2 litros. Decide afeitarse antes de salir, para conservar al menos una de las conductas cotidianas relacionadas con el cuidado de su imagen. La operación le resulta por demás desagradable. llena por la mitad un jarrito con agua (gasificada, para ahorrar un poco de la otra) y comienza el proceso. Al sumergir la track en el jarrito, observa con desagrado que la crema de afeitar flota en la superficie y que tiene que tocar una y otra vez esa pasta usada con la track antes de volverla a llevar a su rostro. Decidió no volver a afeitarse hasta que se restablezca el servicio de agua.
Al llegar al surgente, en el momento de mayor temperatura del día, la fila de gente con bidones buscando agua era desolador. Por suerte dejó a su mujer en casa, le evitó la insolación y el mal momento. Incluso efectivos de la guardia urbana se presentaron en el lugar para evitar que la gente estacione donde no es debido para subir los bidones que iba llenando. Se puso pacientemente en la fila y se dispuso a pasar desapercibido como siempre, pero se dio cuenta inmediatamente que estaba transpirando profusamente, lo que lo llevó a sentirse observado durante toda la fila. A poco de llegar, la mujer de adelante se tomó la libertad de girar sobre su eje para dar rienda suelta a sus críticas usándolo a él como interlocutor, en lugar de insultar sola como lo venía haciendo hasta el momento. "Esto no es culpa del intendente, estos fueron los que vinieron atrás que nunca hicieron nada y acá tenés las consecuencias", decía la señora. Bufaba entre crítica y crítica y se abanicaba el rostro con la mano abierta. " Además, mire la cantidad de bidones que lleva esa gente. Tardan una eternidad en llenar todos esos tarros y mientras tanto nosotros estamos acá sufriendo el calor". El observador que transpira asiente, sonríe y asiente mientras piensa en cuántos litros necesitará una familia grande para soportar semejante clima.
Al fin le tocó el turno a la señora y pudo de esa manera sacársela de encima, a la vez que otra canilla se desocupaba y le tocó el turno a él, que entre nervioso y apurado tardó el doble de lo necesario en llenar sus bidones y sus botellas.
El retorno al auto con los recipientes fue una verdadera odisea, estaba estacionado a una cuadra del lugar y los recipientes estaban muy calientes a causa de la temperatura con la que sale el agua del surgente. Pensó en pedirle a la mujer de la guardia urbana permiso para acercar el auto, pero no quiso molestar.
Una vez en el auto, la soledad y el aire acondicionado le devolvieron algo de la tranquilidad perdida. Al llegar a destino, prefirió quedarse unos minutos disfrutando del aire fresco y el silencio antes de entrar a su casa.
El proceso de aseo con el bidón de seis litros fue sencillamente inenarrable. El saldo fue una sensación de alivio junto al orgullo de quien sortea favorablemente una situación desfavorable y un moretón en la rodilla. Le entregó orgulloso a su mujer el bidón utilizado con un sobrante de aproximadamente un litro para que ella tuviera algo más de agua para bañarse.
Mientras su mujer se bañaba, prendió la televisión en el canal local y solo encontró una novela turca que nada decía de la crisis del agua. Recurrió a la siempre fiel radio local y ahí sí pudo escuchar la voz familiar del intendente indignado por lo sucedido y dispuesto a iniciar acciones legales contra la empresa. Inmediatamente después escuchó al representante de la prestataria jurando que trabajaban contra reloj para resolver el conflicto en los plazos establecidos.
Apagó la radio esperanzado, confiando en que las voluntades de la empresa y el municipio estaban empujando para el mismo lado y que la situación se resolvería favorablemente, que los inodoros desperdician mucha agua que podríamos ahorrar como ciudad y que, con un poco de agua de lluvia para las plantas y un par de días más de licencia, la situación se podría aguantar indefinidamente. En otros lugares están mucho peor.
Al mirar por la ventana, unas nubes amenazan con traer lluvia y el observador que transpira se llena de esperanza, mientras saca la silla al balcón y le pone una bolsa de consorcio al almohadón para que no se moje

domingo, 20 de diciembre de 2015

Las noticias.

El observador que transpira lee el diario local con rutinaria fidelidad. Siempre lo leyó, desde que su padre lo compraba en la casa de su infancia y lo dejaba arriba de la mesa al terminar de ojearlo para el resto de la familia.
Además del diario, el observador que transpira escucha el informativo radial local. Prende temprano la radio para conocer el pronóstico del tiempo y ahí queda, el dial clavado en el mismo lugar durante años y años. Las noticias son las mismas, presumiblemente los periodistas también, pero igualmente sigue los dos medios diariamente, como un complemento.
Al observador que transpira le llama la atención la noticia de que un puma está suelto en la ciudad. Se enteró de esta noticia a través del diario y después lo confirmó en el informativo radial. 
Lo insólito de la noticia, en una ciudad en donde lo insólito no sucede, es de por sí motivo de interés, pero al observador que transpira le llamó la atención otra cosa. De tantos años leyendo el diario lo conoce de memoria, las secciones, los colores, la tipografía, incluso la textura, por eso inmediatamente se dio cuenta de que la noticia figuraba en el lugar del diario destinado históricamente a los hechos delictivos. Él, ciudadano promedio preocupado por la seguridad personal y la falta de ella, se reconoce asombrado por encontrarse con este nuevo, inesperado foco de inseguridad. Casi tan asombrado por el puma como por no encontrar ningún otro hecho de inseguridad relatado en el diario. Un medio que habitualmente le dedica mucho espacio al tema, describiendo en detalle la cantidad de crímenes que se suceden a diario, de repente es atravesado por la noticia del puma, la incertidumbre sobre su procedencia o paradero, los consejos para actuar al encontrarlo, a quién llamar, qué no hacer.
Es como si el puma y su desaparición, su presente ausencia, fuera tan potente que anulara las demás noticias. Los crímenes no pueden haber cesado de un día para el otro, piensa. O quizá sí, quizá misteriosamente nadie se robó nada en ese día, ni en el siguiente, cuando el diario informó acerca del desconcierto sobre el paradero del animal y se conjeturó acerca de su origen. Ese día no hubo robos para el diario. Dos días.
El observador que transpira escucha en el informativo radial a un ministro del nuevo gobierno que analiza el aumento del precio de la carne y entonces piensa, piensa que el puma estaba en cautiverio ilegalmente en una casa particular, que esos animales se alimentan de una gran cantidad de carne y que se le debe haber vuelto difícil al dueño del puma seguir alimentándolo.
Quién te dice que no fue a propósito. Cuando se resuelva el tema del puma y se encuentre a su dueño original, quizá la justicia lo obligue a un sinceramiento del hecho. Mientras tanto, el observador que transpira se prepara mentalmente para caminar por la calle con el riesgo que supone el cambio de depredador.

domingo, 21 de octubre de 2012

Ómnibus

Al observador que transpira no le gusta viajar en colectivo. De hecho, cada vez que sube a alguno siente una sensación muy desagradable que con el tiempo pudo reconocer como una fobia, o algo parecido. Una vez al mes el observador que transpira se ve obligado a tomar un colectivo para ir al centro a renovar su plazo fijo. No va en su auto porque lo pone muy nervioso manejar por el centro en horario de banco sin encontrar dónde estacionar. Tampoco toma un taxi porque está muy caro y le parece un lujo innecesario.  Evita caminar, porque de este modo llega un poco menos transpirado al banco y así evita otra situación desagradable. Solo le queda el colectivo.
Con el tiempo, el observador que transpira aprendió a tomar una serie de recaudos para evitar desgracias durante ese desagradable viaje mensual.
En principio, la ropa. Viste siempre camisa blanca, ya que durante el viaje transpira aún más de lo normal y de este modo evita que las señales de sudor sean demasiado evidentes. Además, siempre se ubica al fondo del colectivo, al lado de la puerta de salida, para tener un escape a mano en caso de repentina necesidad.
Por último, siempre lleva una bolsa de nylon en el bolsillo, bolso, o directamente en la mano. Esto es porque, en momentos en que la fobia lo ataca, la garganta se le cierra y le vienen repentinas ganas de vomitar. Esas ganas nunca se consolidan en un vómito concreto, pero tienen el suficiente poder de convencimiento como para que el observador que transpira tenga que salir corriendo, tocar el timbre y arrojarse a la vereda en cualquier lugar del recorrido en busca de espacio, aire y soledad.
Muchas veces escuchó el testimonio casual de gente con diversas fobias. En la mayoría de los casos, la gente sentía repentinamente que iba a morir. En su caso es diferente. No tiene miedo a la muerte, sino al ridículo. Tiene miedo de vomitar en medio de un colectivo lleno y que toda la gente lo observe con cara de asco y recriminación. Lo aterra quedarse parado en medio de un colectivo en movimiento, rodeado de gente que lo odie por su lamentable percance, teniendo que pedir disculpas, tratando de buscar con qué limpiar, avisándole a un chofer encolerizado, escapándose en la primera puerta abierta que el conductor dispusiera para ventilar el interior del vehículo luego de su desgracia.
La fobia del observador que transpira es diferente a otras. Sus miedos son particulares. No le asusta la muerte, siempre que se produzca en un lugar solitario, alejado de la gente para no molestar, bien lejos de un colectivo o demás espacios públicos.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Especulación financiera

Como se dijo anteriormente, el observador que transpira juega al quini 6. Como también se dijo, pasa sus días planificando la forma de gastar los diferentes montos de los sorteos en caso de ganarlos. Con el paso del tiempo estableció una base de inversiones imaginarias construida con los montos más bajos posibles. A esta base le va sumando adicionales a medida que los pozos a sortear aumentan. Tiene pensados detalles, ubicaciones de terrenos, edificios, posibles locales, negocios, etc.
Es decir que con los años se volvió un especialista en imaginar, en algún rato libre, digamos la cola del supermercado, caminata al trabajo, etc. una vida posible en la que es más feliz. Esta costumbre (quizás habilidad) también lo llevó a detectar a cualquier persona que tenga hábitos especulativos semejantes. Me explico: muchísimas personas pueden decir "Qué ganas de ganarme el quini", "me gano el loto y mando todo a la mierda", y frases similares, frases sueltas de descarga que guardan como sustrato la esperanza de que todo cambie de una vez para bien. El motor de ese cambio es, por supuesto, el dinero. Pero existen otras personas cuya esperanza en transformar su vida a partir de un acierto al escolazo es mucho más profunda. Tiene más que ver con una pequeña y oscura obsesión, que no llega a ser vicio porque no va más allá de una o dos boletas por semana a precio económico, un acto oculto y desesperado en el que se deposita en ese medio la única esperanza de cambiar un vida miserable por otra mejor. Esas personas no dicen esas frases vagas acerca del quini, ellos dicen "con un palito y medio que me gane en el quini estoy hecho". En ese instante el observador que transpira detecta que el pobre infeliz estuvo haciendo cuentas, al igual que él, y concluyó que su planificación imaginaria de base es de un millón y medio de pesos. También, por un mecanismo de inferencias, sabe que también pensó en qué pasaría si en vez de sacar uno y medio sacara dos, o novecientos cincuenta.
Entonces lo mira con otros ojos, con cierta tristeza, con la empatía desdichada que se establece entre dos perdedores. El observador que transpira se va de esos encuentros triste por reconocerse en el patetismo de otra persona, y feliz porque descubre que mientras el pobre infeliz necesita uno y medio, él con uno doscientos se arregla.

sábado, 24 de marzo de 2012

Gripe A: Escritura de Emergencia (el observador en primera persona)

Son las cuatro de la mañana y terminé de leer este libro. Su lectura y mis dolores me desvelaron
No se si Darwin murió realmente de mal de Chagas, pero de ser así, puede que se lo haya contagiado en esta zona hace casi 180 años, cuando esta ciudad era solo un proyecto con un muro, una fosa y algunas casas. Justo en esta ciudad, que olvida sistemáticamente su historia en su intento por ser otra.
En estos días la figura de Darwin se me hace extrañamente presente, cuando una supuesta gripe letal me tiene en la cama de mi casa sin poder salir ni ver a nadie para evitar que personas inocentes se contagien por saludarme o simplemente compartir un espacio conmigo. La supervivencia del más apto se me hizo inesperadamente personal, a partir del minuto posterior a ser informado de que pertenezco a uno de los denominados “grupos de riesgo”.
En verdad no creo mucho en esta gripe y su letalidad, pero el estar encerrado sin poder ver a nadie me sugestiona. De vez en cuando se escucha en la radio sobre una nueva muerte, esta vez la de un joven atleta que no formaba parte de ninguno de estos grupos de riesgo. El resto del tiempo en los medios se habla de la prevención de la gripe, del supuesto origen de la gripe, de las características de la gripe, de la manipulación política de las estadísticas referidas a la gripe en nuestro país para no perder las elecciones, etc. Luego de un tiempo de escuchar lo mismo, mi cama se pone más incómoda. Eso me hace recordar a la supervivencia del más apto. Eso me lleva a escribir esto.
Malestar general. Dolor de cabeza, tos, vómitos.
Un amigo también padece la enfermedad y no se si es por mi culpa. A causa de ese contagio cerraron por tiempo indeterminado la biblioteca en donde él trabaja. Quizás yo sea el responsable involuntario del cierre de ese lugar, que según cuenta la leyenda funcionaba como la cárcel del fuerte que después desapareció para dar paso a la ciudad que busca desaparecerse a sí misma para ser otra, cambiando, derrumbándose y reconstruyéndose con la velocidad y la consistencia del viento que la caracteriza.
La leyenda habla también de espectros en el que hoy es el depósito de libros. Hace tiempo que trabaja, nunca vio nada, pero tampoco niega la posibilidad. A decir verdad, la mayoría de los libros depositados en ese lugar están escritos por gente ya fallecida, y esas publicaciones son como una resistencia a la muerte, como una superación del tiempo de vida de los escritores, lo cual tiene bastante de fantasmal.
Empiezo a hablar de fantasmas y creo percibir que el viento está golpeando con mayor fuerza las ventanas. El viento estuvo siempre. Está siempre. Ahora lo descubro porque parece tener más intensidad. Pero en esta ciudad, al ser constante el viento y su estruendo, con el tiempo dejamos de percibirlo y pasa a formar algo habitual en nuestros oídos: algo como el silencio, pero peor.

Me duelen las articulaciones, el pecho, la garganta al toser, la cabeza cuando me muevo. Leo el paso de Darwin por la ciudad en este libro que alcancé a sacar antes de que cerraran la biblioteca. Analizaba fósiles prehistóricos. Teorizaba sobre alimentación, costumbres, sobre el avance o retroceso del mar en esta zona. No le interesó en nada aquel fuerte de escasos años de vida, que incluía apenas un par de casas habitadas en su mayoría por personas que no provenían de estas tierras.
Veo desde la ventana la calle llena de afiches de campaña. Desde acá no distingo ni candidatos ni consignas, pero los adivino a fuerza de repetirse una y otra vez en cada elección. Me duele cada vez más todo y me pregunto si es normal, o si acaso estoy empeorando.
Darwin menciona que el gobierno de Buenos Aires ocupó esos terrenos injustamente, por medio de la fuerza, y que las fortificaciones son necesarias por ese motivo. Parece que la ciudad se funda desde la ilegalidad. Parece que el destino trágico de la ciudad es el de irse con el viento, como una especie de venganza de la tierra hacia sus usurpadores.
Pero parece también que los espectros se niegan a la levedad de la ciudad, y se empeñan en aparecer para obligar a recordar el pasado en el que fueron. Hoy Darwin se me presenta con más fuerza que nunca, tanto que parece con su obstinada presencia atentar contra su propio evolucionismo.
No tengo hambre, pensar en comida me da ganas de vomitar. Me conecto en internet. Mucha gente me pregunta como estoy y me desea una pronta recuperación. Me envían los mejores deseos por el medio más económico. Empiezo a medir el grado de aprecio que me tiene la gente por el dinero que gastan en comunicarse conmigo.

¿Qué es esta enfermedad? Mejor dicho ¿Qué es este rumor que recorre las calles y que evita que la gente se dé la mano? ¿Qué tan serio es para que las autoridades tengan que manipular las estadísticas por miedo a volcar de manera irreversible la imagen positiva de voto? ¿Es cierto que las estadísticas son manipuladas, o los partidos opositores hablan de manipulación de estadísticas para manipular votos a su favor con rumores irresponsables? El hecho es que estoy enfermo, que verdad o mentira pero cerraron la biblioteca, que me siento cada vez peor y que, fundamentalmente, no quiero morir a pesar de que pertenezco a los “grupos de riesgo”.
Soy el menos apto para sobrevivir, si me guío por Darwin y su ya fastidiosa presencia. Conforme los minutos pasan y el dolor aumenta, siento que le creo cada vez más.
Irremediablemente me voy a tener que levantar. Tengo que tomar las pastillas para que el dolor de cabeza no empeore. Me duele moverme.

Tengo que ir al baño. No creo que tenga fuerzas para soportar el dolor de las hemorroides. En algún lado leí que eran producto de nuestra costumbre de usar inodoros. El cuerpo humano aparentemente esta preparado para cagar en cuclillas. Esa es su posición natural. Pero resulta que los inodoros distribuyen la fuerza de otra manera, trabajando otras partes del cuerpo, y las hemorroides son el resultado de eso. Qué diría Darwin, las hemorroides como símbolo de la sobre - culturización, el cuerpo humano no se adapta al medio civilizado en el que vive y trae como consecuencias estas lesiones, por cierto poco elegantes para ser tratadas como culturales.
Estoy escribiendo esto, sin saber particularmente a quién va dirigido, pero con la certeza de que será leído en algún momento.
Escribir un libro sería totalmente inútil. Nadie lo publicaría, en caso de publicarlo sería en esas editoriales de barricada que logran sacar un texto para los amigos que lo compran por compromiso, y luego mueren en algún rincón, finalizando su recorrido a los pocos metros de haber partido. Internet es un mundo tan vasto que un texto se pierde en una inmensidad al alcance de muchos, pero esa inmensidad es tan inmensa que se torna bastante similar a la nada.
En cambio, escribir en un libro es diferente. Escribir, por ejemplo, en estas hojas en blanco que quedan entre el final del texto y la contratapa, promete una circulación segura. Quizás nadie nunca quiera leer algo mío, pero de Darwin seguro que sí. Cada vez que se lleven a Darwin a su casa, iré yo como un intruso, un polizón, como una rémora conformándome con la lectura indirecta de un lector entre sorprendido e indignado por mi atrevimiento. Para asegurarme de su mejor conservación, he decidido contra todo lo que dicta la cultura contemporánea en general y las normas de la biblioteca en particular, escribir el texto con tinta. De este modo, evito las manos vigilantes del personal y la goma de borrar que condenaría a la muerte a estas palabras.
Hoy no imagino otro método de circulación más eficaz. Entiendo que es desesperado, pero mi situación también lo es. Me dijeron que puedo morir, que soy el menos apto para sobrevivir a esta enfermedad. Me dijeron que me aislara, que no arrastrara conmigo a más gente. Me dijeron que sea socialmente responsable. Me dijeron tanto que lo que empezó como una inquietud se perfila a terminar como testamento.
Me descubro haciendo la letra cada vez más chica para ganar más espacio. Lamento que pronto no haya más espacio y que no exista forma de ganar lugar. Lamento que lo único que quede como legado de mi vida sea un texto accidental y sin mayor interés para otras personas. Pero para mis hipotéticos futuros detractores puedo argumentar que quizás se deba a que aparentemente me estoy muriendo.
No tengo pulso para una letra tan chica. Busqué una lapicera con punta más fina, sepa el lector disculpar el brusco cambio en la tinta.
Me cuesta caminar, me muevo muy despacio por el dolor muscular. Dolor de cabeza. El olor nauseabundo que queda en la casa luego de vomitar no se puede sacar con nada. Quizás sea porque el olor queda en uno, no en la casa. Más precisamente en las fosas nasales, por eso no hay cómo sacarlo. Sepa el lector disculpar nuevamente la temática, prefiero especificidad descriptiva por sobre elegancia, para acercarme un poco más al lector que saca de la biblioteca un libro de Darwin y me lleva consigo a pesar suyo.

Voy llegando al final del espacio de escritura y me molesta haber manchado el libro con esta escritura que no dice nada. Quizás no podría decir nada aunque quisiera, porque probablemente no haya nada que decir. Quizás la triste realidad sea que no tengo nada que decir, nada que justifique estas letras ensuciando un libro ajeno.
Se terminó el espacio. Me gustaría poder borrar todo y escribir algo mejor. Me gustaría no morir. Sepa el lector disculpar esta intromisión en su lectura. Valga como atenuante, aunque no como justificación, el carácter de escritura de emergencia, con todo lo que tiene de accidental, pero con la necesidad imperiosa de no ser olvidado con tanta facilidad por mi ciudad y por mi tiempo. Sepa el lector que quizás yo esté muerto cuando usted lea estas líneas, y que esta puede llegar a ser la única forma de comunicación trascendente que tenga. Sepa el lector de estas palabras que son el desesperado intento de no morir y listo, de dejar algo que diga que estuve. Espero sinceramente no haberme acercado en ningún momento a la espantosa solemnidad de los discursos de los moribundos de novela.
Este escrito dice que estuve. Nada más
Gracias

sábado, 7 de enero de 2012

opíparos

27 de diciembre. Las 15.30 encuentran al observador que transpira en la mesa familiar, luego de un suculento pollo arrollado, asado, cordero, ensalada de papa y huevo, confites, turrones varios, vino del común y del espumante. Mucho vino. 39 grados. La camisa pegada al cuerpo empapado, la mirada buscando un horizonte libre de platos, fuentes y demás. La conversación de la familia se escucha lejana, ajena. La necesidad de mudarse a un lugar en donde corra algo de viento se vuelve imperiosa, ya no es una cuestión estética sino una necesidad vital. La total imposibilidad de moverse por la comida ingerida, la cantidad de vino bebido, esa copa de sidra que no debería haber tomado y la ropa pegada al cuerpo, cada vez más.
La cena del 24 fue bastante más abundante. Los días que siguieron a ese 24 también representaron comidas copiosas y ya para el 27 el cuerpo no puede hacer frente a ninguna caloría extra.
Es algo que va más allá del malestar, es una sensación indescriptible. Es cuando la tarea de la digestión se vuelve un trabajo tan complejo que deja de ser inconsciente. Todo el cuerpo se subordina al trabajo del aparato digestivo y ya no queda nada más que eso. La mente se pone lenta y difusa, el cuerpo torpe, la voluntad desaparece y solo resta esperar a recobrarse de ese estado. Cuando el observador que transpira toma conciencia de ese período, la mente deja el aquí y ahora para fluir en otro plano, una especie de limbo en donde todo deja de importar por un instante, el instante de la digestión.
Luego vendrá la siesta reparadora y con la tarde llegarán los mates digestivos. La cena, con la fresca, se vuelve un poco más tolerable, la experiencia no será tan radical como al mediodía.
Luego de las fiestas el observador que transpira evalúa la experiencia de la digestión y concluye que el estado mental de la sobremesa es similar al de la meditación oriental. Piensa ese instante como una especie de estado Zen digestivo/reflexivo personal, profundo y perfectamente inútil.

domingo, 1 de enero de 2012

Ring - Tone

El observador que transpira tiene en su celular un tono indicador de mensajes entrantes más bien tradicional y sobrio. Consta de un sonido que se repite (pi-pi), seguido por un breve instante de silencio, para luego concluir con la misma secuencia sonora del comienzo (pi-pi).
No usa otro porque cree que ya está grande y porque ya está habituado a su sonido, al punto de reaccionar solo ante ese sonido y no a otro. Una vez lo intentó cambiar y no reconoció el nuevo tono. El celular sonó reiteradas veces provocando un creciente malestar en la gente. Para cuando el observador se dio cuenta, la concurrencia mostraba signos de evidente indignación.
Cuando se lo olvida prendido en un lugar que no debe y un mensaje llega, escucha los dos primeros pips e intenta desesperadamente, en el instante de silencio que sigue, apagar como sea el celular. El problema es que ese breve espacio de tiempo nunca resulta suficiente, y tanto él como la concurrencia están condenados a escucharlo nuevamente, para desgracia del observador y malestar de la los demás.
Por eso sabe que, en el momento fatal en que los dos primeros pips le revelan que se olvidó de apagar el celular, se sucede un instante, apenas un segundo de silencio fatal en que el observador anticipa mentalmente la repetición de la desgracia sin poder hacer nada para detenerlo.
Ese instante es, para el observador que transpira, un chispazo, una revelación, epifanía que revela con intensidad la inminencia de una tragedia de la que solo podemos ser víctimas. Luego de la desesperación inicial, surge el estoicismo, el pedido de disculpas y escuchar los segundos pips con la dignidad de quien toca el violín mientras el barco se hunde irremediablemente.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Dentista

El observador que transpira sale feliz del consultorio del dentista. Si bien sabe que la nomenclatura correcta para referirse a dicho profesional es la de odontólogo, (como al bañero hay que decirle guardavidas) nunca logró adoptar sinceramente ninguno de los dos tecnicismos y solo los utiliza de manera artificial en una conversación con un tercero con el que no tiene demasiada confianza.
En fin, sale del dentista feliz, a pesar de la cirugía a la que se sometió para extirparse la muela de juicio. Desde que empezaron a aparecer, estas muelas siempre representaron dificultades, debiendo sacarse una a una todas las que fueron saliendo. Las primeras tres salieron más o menos a la vez, pero la cuarta, en la parte inferior derecha, se ocultó muy abajo y nunca se movió, hasta ahora.
Aún no había aparecido, pero su inminente salida prometía consecuencias nefastas para el resto de su dentadura, especialmente la parte de abajo de su mordida. La posición en la que salía amenazaba con correr todos los dientes de lugar, provocando un desorden importante en una dentadura que ostentaba un ordenamiento de manual a fuerza de dos dolorosos años de adolescencia soportando ortodoncia seguida de aparatos móviles.
El observador que transpira sufrió las burlas de sus compañeros y el rechazo de las mujeres en la adolescencia y no pensaba permitir que aquel sufrimiento perdiera su producto. Así que ante el menor dolor recurre al dentista u odontólogo de confianza para despejar dudas.
En este caso la visita del profesional derivó en un turno al radiólogo y de ahí de nuevo al dentista, quien confirmó la necesidad de realizar una cirugía. Debía abrir la encía, matar la muela y extraerla, todo esto para evitar el colapso dental que supondría su aparición.
Aunque el trabajo sobre sus dientes no le agradaba, no tuvo problemas en acudir, porque el profesional siempre se encontraba visiblemente sorprendido por alguna cualidad positiva en su boca. La última vez se mostró asombrado por la capacidad de coagulación que mostraban sus encías, cosa que provocó en el observador que transpira cierto sentimiento de bienestar.
El momento en el que se somete al trabajo es realmente incómodo. Se siente profundamente invadido por la extraña sensación de no saber si mirar a la cara al dentista, operando tornos e instrumentos metálicos con el rostro a centímetros de su boca, o mirar la luz de la silla que lo enceguece y lo obliga a apartar la vista y volver al predicamento anterior. Al fin busca un pedazo de techo donde mirar para resolver la incomodidad de dónde poner los ojos.
Al menos su dentista utiliza con generosidad el aire acondicionado, manteniendo un ambiente realmente fresco. Probablemente más de una señora se le debe quejar por esa temperatura, pero alguien como el observador que transpira aprecia mucho esa conducta y casi que lo elige por ella. El aire acondicionado no impide que transpire más de la cuenta, pero evita el vergonzoso resultado de someterse a la cirugía en un clima templado o cálido, en donde su fisonomía se hubiese vuelto insostenible.
Al iniciar la cirugía, el dentista se muestra ostensiblemente sorprendido por la cantidad de anestesia necesaria para dormir el sector de la boca que debe ser operado. Luego de inyectar la dosis de anestesia normal, agregó un par de pinchazos más como resfuerzo, y luego otros tres, para lograr el efecto deseado.
Además, una vez iniciada la operación recordó los beneficios coagulantes de las encías del observador que transpira, quien se sorprendió al descubrir que el profesional, con todos los pacientes que debía atender por día y con lo poco que él iba al consultorio, aún se acordaba de sus encías.
Una hora después, con la mitad de la cara completamente dormida, intentando morder un par de gasas esterilizadas que pronto debería cambiar por unos repuestos proporcionados por el mismo dentista, caminaba por la calle rumbo a su casa con una media sonrisa, obligada por las circunstancias.
Realiza ese trayecto pensando en la resistencia de sus encías a la anestesia, la capacidad de recuperarse de las heridas, y no puede evitar un verdadero sentimiento de orgullo. Acepta la remera empapada de transpiración junto con la sangre en la boca con el espíritu templado del guerrero cansado. Esto dura hasta llegar a su casa, donde junto con la inmediata ducha vinieron las nuevas gasas y la cuenta del teléfono.

lunes, 17 de octubre de 2011

Peluquería

Desde hace ya varios años, el observador que transpira se corta el pelo en un pequeño local barrial, atendido por un peluquero de vieja escuela, de esos que no se reconocen bajo nomenclaturas tales como estilista, coiffeur o similares.
La razón es la comodidad, más que el corte en sí mismo. Siempre lo intimidó el rancio glamour que intentan ostentar las peluquerías pretenciosas del centro, ese espacio en donde se impone el exceso de luz, los grandes espejos y los estilistas cool por obligación, casi como un uniforme de trabajo exigido por los empleadores para no desentonar en el intento de parecer un poco más de lo que son.
Además está el complejo proceso que finaliza en la silla de corte, trámite engorroso que supone sacar turno, esperar en grandes sillones en los que el observador que transpira siempre se siente incómodo y un poco solo, para ser atendido por una chica que le lava la cabeza mientras busca temas de conversación, también obligada, ya que en cualquier otro ámbito de la vida no se hubiera molestado ni en observarlo, para finalmente ser derivado al estilista considerado en si mismo, quién lo ataca con la pregunta ¿Qué querés que te haga? O similares, a lo que el observador que transpira no sabe muy bien qué responder y se siente más incómodo, intimidado y solo, observándolo a través del enorme espejo lleno de luces con una toalla en la cabeza y una bata que le aprieta el cuello. Eso lo hace transpirar en extremo, aunque afortunadamente la bata lo disimula. La respuesta del observador que transpira ante esas situaciones es siempre la misma: “corto”. Para él esa respuesta es suficiente. Ponerse a especificar que su cabeza tiene forma de huevo y que por eso hay que tener cuidado, o que demasiado corto atrás no le gusta, sería revelarle a ese estilista desconocido y artificial la visión que el observador que transpira tiene de sí mismo. No está dispuesto a especificar. Se vuelve hermético y nervioso. Pero el estilista insiste. ¿Corto cómo? ¿Más tradicional? ¿Hacemos algo moderno? ¿Con máquina?
De alguna manera (que nunca recuerda porque bloquea ese momento incómodo) el observador que transpira logra resolver la situación sin responder claramente a ninguna de las preguntas del coiffeur, quien termina por resignarse y hacer un corte tradicional, muy similar al que siempre le hicieron en la peluquería de barrio.
Estas razones lo hacen elegir esa modesta peluquería barrial, en donde el estilista es peluquero y habla de básket (a él no le agrada mucho el basket, pero hablar de deportes no le molesta) y donde no hay glamour ni atienden hermosas mujeres que fingen interés en su conversación. Las únicas mujeres son las que pasan por la vereda, muy cerca de la vidriera y la silla de corte. Si el peluquero las percibe lindas, deja las tijeras y se toma un segundo para salir a la calle y confirmar su percepción inicial. Las mira un rato, luego entra y se las comenta al observador que transpira, quien no puede ver demasiado por estar condenado a la silla de cliente, a la bata y a la timidez.
El corte también se interrumpe brevemente por el ingreso de algún amigo que pasa a saludar y a comentar el partido de boca, o cuando alguna de las anécdotas que cuenta el peluquero requiere la utilización de las manos para ayudar al relato con una conceptualización visual.
Pero nada de eso preocupa al observador que transpira, ya que solo debe sonreír y escuchar. Es un espectador pasivo y feliz que se sienta a escuchar conversaciones intrascendentes sin necesidad de participar realmente en ninguna.
Eso si, del corte no se puede hablar demasiado, es siempre el mismo. “¿Corto?” Pregunta el peluquero. “Si”, es la respuesta, y se terminó la historia.
Con el tiempo se dio cuenta de que el siempre idéntico corte de la peluquería barrial en realidad no le gusta, pero nunca tuvo inconvenientes para vivir con eso. Mientras conserve la atención, mientras su lugar como cliente sea el mismo, el observador que transpira pasará de buena gana por la vida con un mal corte de pelo.